El Rayo y su peineta

Echando la vista atrás, buscando entre los más de veinte partidos disputados en lo que va de temporada, encontramos uno especial. Especial o espeluznante, según se mire. Corría el mes de noviembre y el Celta llegaba a Madrid para desplazarse a Vallecas donde encontrarse con el Rayo.

Trashorras esperaba a su ex-equipo con una sensación extraña que giraba en círculos desde la morriña a las ganas de demostrar el gran jugador en que se había convertido. El Celta jugaba agresivo, siempre hacia arriba, con un Herrera que se desgañitaba cada minuto dando órdenes a los suyos.
Los celtistas desplazados, observaban el marcador vallecano incrédulos. Al descanso, 0-2 para los celestes con dos goles de Iago Aspas que hizo creer más que nunca. De repente, los gallegos saltan al campo y desaparece la sensación de liderazgo. Se la habían dejado olvidada en el vestuario dándose un masaje por una molestia muscular. Leo Baptistao anotaba así como lo hacían Tito y Piti. Los tres puntos se quedaban en la capital. 


La historia parecía repetirse ayer. Un temprano gol dejaba a los de Resino desencajados, perdidos en su propio campo. Así, sin capacidad de reacción y con cara de tontos, volvieron a casa los múltiples aficionados que nunca dejan de arropar a su equipo aún a seiscientos kilómetros de casa como hace cuatro meses. 


Ya con los tres puntos facturados en Peinador, Paco Jémez decide ser "el hombre del partido". Se retiraba hacia el túnel de vestuarios cuando sacó su dedo corazón a tomar un poquito de aire vigués. Una preciosa peineta relucía tímidamente hacia un aficionado de Balaídos.
Por la noche, en unas declaraciones a Cope, contaba que había hecho tan agradable gesto a un "energúmeno" que se había acordado de su mujer y su hijo y que a la afición del Celta le tiene un gran respeto.


No culpes al celtismo por sus críticas, Jémez, es que se acostumbraron a un Paco con clase. 
 

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