Las piedras en el camino

Creo que, desde el sábado, he reescrito una y otra vez este texto. He pasado de la furia a la contención y de nuevo a la furia y después a la calma como un trastornado que ya no sabe qué pensar. Y esperé a leer, ver y escuchar reacciones, a tratar de comprender y compendiar razones para elegir según qué máscara que conviniese más a la situación. 

No he llegado a ninguna conclusión, la verdad. Mi reacción originaria sigue vigente: que el castigo a los que han afrentado el escudo del Celta (dicho así, en lenguaje casi medieval) sea duro y ejemplar. Al ver la roja a Aspas pensé: “Que no vuelva a jugar esta temporada”. No era por un enfado ni por una pataleta de aficionado que veía el partido cuesta arriba, sino una gota que colmaba un vaso y que derramaba la sobreprotección con la que se le había tratado. Resonaban las palabras de Herrera en Getafe, revolvían mi mente los cambios a veces incomprensibles del ex entrenador cuando el Celta se jugaba 1 o 3 puntos en los minutos finales. Y todo se cocía a fuego lento mientras los minutos de Riazor pasaban inexorables. Parecía que Aspas no había entendido nada. Hay jugadores provocadores, pero los hay que caen rápidamente en la provocación. 


Y con Mallo, más de lo mismo, cuando las cámaras nos enseñaban unas imágenes fáciles de interpretar en directo, mientras transcurría el partido, y reveladoras cuando los programas deportivos las desgranaban en un ejercicio de vergüenza ajena. 

Los últimos años, tanto afición como directiva y cuerpo técnico hemos sobreprotegido a los jugadores, sobre todo a los de la casa. Normal, por un lado; pero quizás hemos pecado de consentir a los que son más cercanos a nosotros solo por el mero hecho de venir del filial, de ser de la casa o de la tierra. Sobre todo porque creo que muchos nos hemos dado cuenta de que ellos no siempre han actuado así con el escudo. Vale que lo de Riazor es un caso extremo, pero seguro que es fruto de la connivencia en la que han vivido, lejos de la crítica feroz al hijo pródigo que nos acercaba al éxito deportivo. 


Es evidente que estas palabras están, hoy, pasadas de rosca. A buenas horas se reflexiona así. Pues es cierto, el toro ha pasado hace días. Pero es bueno recordar los errores para no repetirlos, y mascarlos para no enmudecerlos. 
En los días que han pasado desde la derrota en el derbi, el ciclón ha vuelto a pasar por Balaídos; desde las declaraciones (acertadísimas) de Mario Bermejo hasta la solicitud del club de caminar todos juntos hacia el mismo objetivo. Pedía, el Celta, que encontrásemos la guía que nos lleve a un lugar común, fuera del ruido mediático y centrándonos en el sueño (porque ahora es algo así) de la permanencia. Y salen informaciones de cómo han acabado otros equipos con los mismos puntos en tantas jornadas como hoy lleva el Celta; y salen estadísticas de qué hay que ganar para, al menos, luchar por seguir en Primera; y salen las vueltas de tuerca a la posible sanción para Aspas. 


Pero el poso que queda es el mismo que últimamente radica en la actualidad celeste: mucho ruido, pero poco del futbolístico. El ambiente de un equipo que está penúltimo ha sido invadido por disputas internas y actitudes reprochables de sus jugadores, pasando por encima del fútbol, del juego del equipo y de lo difícil que va a ser afrontar los partidos que restan; casi tiene poca importancia el del Barcelona, porque es una moneda al aire como la del Real Madrid, pero el del Mallorca y del Zaragoza serán los que, de una forma casi definitiva, rubricarán el sentido de la temporada. 
Temporada complicada que se torció en algún punto del mapa. El camino empezó con todos de la mano, y muchos se han quedado descolgados o un poco más atrás de la marcha conjunta que supone la permanencia. Pero ya se sabe que nunca es tarde si la actitud es buena. 

 

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