Cuestión de orgullo

Cuando Berizzo aterrizó en Vigo hace ya dos años y medio insistió en que uno de sus principales objetivos mientras él fuera entrenador del Celta era que el aficionado se sintiera orgulloso de su equipo. Esa meta que tiene siempre en mente el técnico argentino explica por qué para cualquier aficionado al fútbol es difícil no engancharse a los partidos que juegan los celestes. El enfrentamiento ante el Espanyol fue una muesca más en un revólver que destila mucho orgullo y mucha ambición pero con un retroceso de demasiada carga

Porque lo de ayer fue una montaña rusa de emociones. Tras 20 minutos de tanteo, la tempestad golpeó Balaídos. La manejó Iago Aspas, siempre superlativo. Se erige ya el moañés como una de las grandes figuras de LaLiga y de Europa. Pura magia. Él preparó, cocinó y finalizó el primer gol, que dio paso a un carrusel de idas y venidas. Pero se punto de locura -bendita locura- en el que disfruta el Celta, y con él sus aficionados, va de la mano del riesgo. Un riesgo que, cuando no eres solvente, puede amargarte encuentros que deberían tener una solución lógica mucho más favorable. Y duele ver cómo a este equipo, que tanto y tan bien hace en fase ofensiva, sufre y sale herido con suma facilidad. Una sangría que se refleja en una situación clasificatoria por debajo de lo merecido por propuesta y con Europa demasiado lejos.

En esa dicotomía, la de la locura y el riesgo, transitó el primer tiempo hasta que Andreu Fontàs cometió dos errores infantiles. Dos jugadas evitables que lo llevaron a la caseta. Pero ni con 10 se arrugó el Celta. Supo Berizzo recomponer el puzzle para que Balaídos disfrutara de una segunda parte en la que los celestes hincharon el pecho y, más allá de limitar cualquier intentona ofensiva del rival, pusieron la ambición. Con 10 querían los tres puntos. Fue hasta agotador ver seguir presionando a Wass, correteando a Radoja o imponiéndose el ‘Chelo’. Y entre ellos buscaba seguir frotando su lámpara Iago. Un ejercicio absoluto de orgullo y afouteza que no encontró premio, merecido. Ayudó a ello un infame Jaime Latre, que obvió la expulsión de Hernán Pérez e hizo la vista gorda con unas manos de David López en el área cuando los celestes, con uno menos, atosigaban a un Espanyol demasiado rácano en su propuesta y con demasiado premio en su bolsillo.

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