Y Berizzo se vistió de Aníbal

De entre las virtudes de Berizzo como técnico, en la noche de ayer relució la precisión, casi paranoica, con la que prepara cada encuentro. Esta forma de entender el fútbol, heredada del maestro Bielsa, en ocasiones se convierte en unos grilletes que atenazan la capacidad de reacción durante el tiempo de juego; mas, cuando funciona según lo previsto, el Celta marca las reglas del enfrentamiento y suele salir victorioso. En un escenario de vértigo, y ante un grupo herido en el orgullo, los vigueses reafirmaron su autoridad con un ejercicio sin lugar para la improvisación.

El planteamiento fue erigido sobre una línea defensiva disciplinada, marcada por las persecuciones de Roncaglia y la comandancia de Cabral. Mientras el primero salía de zona para anular la recepción del contrario, el segundo corregía y hacía desaparecer los espacios, marcando el fuera de juego. A ambos lados, tanto Jonny como Mallo dieron muestras de una lectura excepcional; sobre todo el capitán, plástico como siempre, imposible de sorprender por Asensio, Ronaldo o Kovacic en las distintas fases del choque. Por su parte, el joven lateral zurdo fue –vuelve a ser– de nuevo aquel carrilero inagotable, astuto para segar la circulación de los blancos y con fe para acompañar a un ataque céltico escaso en efectivos. De premio, un tanto memorable.

La siguiente parte del enigma de Berizzo residía en los distintos papeles de los centrocampistas. Los cuatro hombres de confianza del argentino sobre el campo: Díaz sobre Kroos, Hernández siguiendo a Modric en la medida de lo posible, Radoja anulando el apoyo de Casemiro, y Wass esta vez como extremo por la derecha, ralentizando a Marcelo. Más allá de la marca individual, la posición específica de cada uno sirvió para desactivar los mecanismos de Zidane. Radoja cortó el contacto con los centrales, Díaz cerró la línea de pase perpendicular a la portería propia, y Hernández fue clave por las ayudas con las que equilibraba la calidad individual de los blancos. Lo de Wass fue un esfuerzo titánico que pagó con una nula influencia ofensiva, pero que logró el objetivo de condicionar al más desequilibrante del Real Madrid. Estos cuatro integrantes mencionados supieron entenderse entre sí y compensar los deslices de cada uno cuando era menester.

A mayores de estas consignas, y de unos cambios de marca asimilados y eficaces a la hora de cortar opciones de combinación entre los locales, Berizzo fue inteligente al renunciar defensivamente a las bandas. Concentrando efectivos en la frontal del área obligó a los de Zidane a buscar situaciones de remate nada provechosas, forzadas, por más que fueran numerosas. Consciente además del papel protagonista que el Madrid debía manifestar en su feudo, el preparador de Cruz Alta redujo el plan de ataque a tres figuras: un lanzador, un corredor (Bongonda) y un rematador (Aspas). Si el resto del plan salía como esperaba, se configuraría un escenario en el que tres movimientos bastarían para alcanzar el gol. Y así fue en el primero, con una maniobra inteligentísima de Tucu Hernández, y así fue en el segundo, con Jonny lanzado hacia la gloria. Después de las sucesivas dianas (64’, 70’), el partido fue otro; y mientras que Zinedine se fue quedando sin armas y sin control, Eduardo reafirmó su autoridad y gestionó los minutos a su antojo.

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