El Celta regresa a Europa

Es matemático. El empate entre Getafe y Valencia permite que, diez años después, el Celta vuelva a jugar competición europea. La Europa League espera ya como premio a una sobresaliente temporada de un equipo que ha sabido reunir buen juego, emoción, ambición y resultados. Una plantilla joven, aunque con líderes experimentados, que ha encontrado la fórmula para volver al lugar que frecuentó no hace tanto: el de los mejores equipos del continente.  

La última clasificación para una competición continental ocurrió en la temporada 2005/2006, en un club mucho más convulso que conseguía meter la cabeza entre los grandes al año siguiente de ascender. El camino se acabaría en unos octavos de final en los que el Werder Bremen, potente club alemán por aquel entonces, apeó a los olívicos con un 0-1 en la ida en Balaídos y un 2-1 en la vuelta. Aquella temporada acabaría con los huesos del Celta en Segunda División.

Ese descenso supuso un terrorífico mazazo. Le costó mucho al equipo levantarse. Fue necesaria una purga, una limpieza total de vestuario, de vicios y de manías para regenerarse y comenzar desde abajo. Con el aspecto económico en números rojos, Mouriño no tuvo más remedio que empezar a tirar de una cantera que sería el sustento durante todos esos años. Impulsó también el mexicano una filosofía de club y de juego que hoy por hoy parece irrenunciable.

Desde entonces, los sinsabores fueron la tónica general, con el equipo casi estancado. El crecimiento era lento. Costaba que la apuesta, tan joven e inexperta, funcionara desde el principio. En los banquillos se apostó por un perfil similar, que casara con la idea de cantera y juego que pedía Mouriño. Llegó Eusebio y con él el Celta empezó a sonreír. No llegaban los resultados pero el equipo transmitía. Apareció de la nada Iago Aspas para salvar al club de un descenso y posible desaparición. En deuda eterna con el moañés, que ha vuelto cumplir uno de sus sueños: pasear la celeste por Europa. Antes de conseguir el ascenso, Granada supuso un mazazo duro para el equipo pero un punto de inflexión clave hasta la fecha. Fue la regeneración de una afición que necesitaba cambiar la perspectiva. Recambio generacional. Balaídos dejó el estado depresivo y encrispado para hacer sitio a una parroquia joven, identificada con el equipo y que disfrutaba viendo a 11 chavales salidos de A Madroa jugar así de bien al fútbol. Llegaría el ascenso y, desde entonces, un crecimiento imparable.

Sufrió Herrera en su debut en Primera. Llegó la debacle de Getafe y con ella la aparición de un Abel Resino que se ha anotado un tanto vital: conseguir la permanencia más improbable de los últimos años. El espíritu del 4,01%. Básico en el libreto de cualquier celtista. La finta de Aspas, la cadera rota de Colotto y la locura final. Llegaría después Luis Enrique y su personalidad. El equipo seguía jugando bien y era cada vez más competitivo. Con él crecieron muchos jugadores. Como lo hicieron con Berizzo. Augusto, Krohn-Dehli, Orellana,… Ellos fueron resultado de modificaciones tácticas de dos entrenadores llamados a alcanzar cotas muy elevadas en este mundo.

Todo esto ha contribuido, en mayor o menor medida, a fabricar el Celta que hoy tenemos. Las victorias, las derrotas, los éxitos y las muchas y variadas decepciones. Los sinsabores y la amargura han predominado en una última década que ha valido al equipo para regenerarse. Para expiar todos sus pecados. Para limpiar aquello que estaba manchado. Para volver a conectar con una grada que coqueteaba con las pipas de otras. Para empezar de cero. Para construir un equipo cimentado en la cantera y que ha sabido crecer con limitaciones, en la total humildad pero explotando al máximo sus escasos recursos. El Celta ha enseñado a muchos que se puede jugar bien siendo pobre. Que se puede ser valiente sin tener a los mejores. Que un 1-0 nunca es suficiente. Y que el compromiso es la máxima irrenunciable. Si eso se pierde, estás perdido.

Europa es más que un premio a una sobresaliente temporada. Europa es sólo el comienzo de lo mucho que le debe el fútbol al conjunto olívico. Disfrutémoslo y celebrémoslo. El Celta vuelve a estar entre los grandes.

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