Cuadro costumbrista

La historia del Celta se escribe en renglones torcidos. Un rosario de oportunidades perdidas. A ser batido cuando se creía invulnerable. Militante con honores de la clase media-baja del fútbol español. La denominación de origen es plausible, así como cierta debilidad mental crónica con tintes irrecuperables. No hay dudas en torno a eso. Un club que transmite simpatía, apenas crea animadversión. De fácil empatía.

El aficionado medio al fútbol todavía recuerda al Celta de las noches europeas entre semana. No conserva tanto las finales de Copa en el Calderón en 1994 o en 2001 en la calurosa Cartuja. Aquel sudor que no se despega. Cuarenta grados y el corazón frío. No es cierto que se memorice solo a los campeones. Incluso a algunos también se les obvia. La memoria colectiva es perversa y selectiva. Discierne quiénes han dejado huella. Aquel Celta labrado, en su matriz, por Jabo Irureta y después desarrollado por Víctor Fernández creó escuela y un punto inicial al que regresar cuando se nublase el camino. Esa generación se hizo querer y, como los buenos amantes, accedió a esa estima. Su estilo era renacentista, sin dogmas, pero sin resultados plausibles, tangibles. La sala de trofeos celtista se mantiene vacía y ese silencio habla. Es prácticamente un tema tabú, pero en el corazón celeste se piensa a diario que es necesario obtener ese reto pues en 88 años de historia todavía no se ha conseguido y otros clubes de una entidad similar sí muestran músculo. El modus operandi para obtenerlo es fe y trabajo. “Crecemos solo en la osadía”, que dejó escrito Mario Benedetti, menottista, muy del círculo ideológico de Víctor Fernández. La vida se construye en círculos concéntricos, en similitudes que conducen una a la otra, en el efecto mariposa.

El Celta es una semifinal de Copa en Tenerife. Llegar de tapado a una final copera y dominar al favorito Zaragoza para caer en la tanda de penaltis en el lanzamiento decisivo. Tiro errado en un fondo del Calderón, todavía abierto a la esperanza de una repetición que, por muchos visionados que se reproduzcan, sigue resultando negativa. Una marea celeste por las calles de Vigo demandando un descenso no administrativo. Era la época de la apertura de fronteras, de la Ley Bosman, de vivir por encima de las posibilidades. Aquel momento en el que en una preciosa esquina del Cantábrico, allí, en  el Botxo, unos tradicionales innovadores optaron por mantenerse fieles a sus principios.

El Celta es también un gol en las postrimerías de un Betis con un par de jugadores celtistas en el suelo. Un amago de remontada en la vuelta. Una noche de sábado contra un Mallorca con el que comandaba la tabla y, bajo la lluvia, colocarse líder. Pensar que lógicamente era provisional, pero quién sabía. Quizá, lo deseable era estirar la ambición. Seguro. Es también una derrota ante un Atlético finalista de Copa y a 365 días de Segunda División, la primera vez que batían al Celta ante su gente en aquella temporada. Una celebración de UEFA cuando los sueños miraban a la Champions. Temporadas comenzadas “a lo Schuster”, frescos, enérgicos para después terminar apesadumbrados. Hete aquí, cosas del destino, que la última final copera llegó después de una gran remontada en Liga, con Berizzo de goleador, con una expulsión de Jesuli. Adelantarse para luego caer arrodillado. Como en 1948, ante el Sevilla y con gol del símbolo Miguel Muñoz (el primer capitán que levantó una Copa de Europa madridista y repitió como entrenador), con aquella alineación que recuerda mi abuelo. Aquella fragilidad local y vigorosidad visitante para alcanzar la Champions. Un gol de José Ignacio con ADN celtista, a la remanguillé, tras un primer intento en vano, a trompicones, pero gol. La imagen de los jugadores rotos por el silencio de una grada que escuchaba un gol del carismático Espanyol frente al Murcia en la montaña de Fermín Cacho. Goles en contra de Nené y Perera. Honor de un Jandro que apenas un año después sería héroe. Un club que asciende dos veces. Un despeje deportivo de un Silva eibarrés que daría, a la postre, el ascenso.

Caer y levantarse. Como en Lleida. Regresar a Primera y volver al éxito siendo sólidos en Balaídos, ese estadio que vio el fútbol asociativo y estético, el que enamora a muchos, y murmulla a las primeras de cambio. Esa afición amplia y densa que no se corresponde con su masa social, con esos seguidores que sufren desde casa. El Celta es ver probable un descenso cuando vienes de ser sexto y ganas consecutivamente en el Nou Estadi, Santiago Bernabéu, San Mamés y Riazor, además de imponerte ante tu gente al Valencia del siglo XXI. Es ese club que, cuando lo ve todo perdido, gana tres partidos consecutivos, como una alegría efímera con un gol de Lequi para que un ex como Edú firme tu sentencia de muerte en Santander. Es la ilusión en Córdoba para caer a los infiernos de la clasificación de Plata. Aquella época donde uno estaba convencido que el Celta B lo haría mejor en la categoría de Plata, el mismo filial que, injustamente, no pudo luchar por el ascenso debido a los errores de su querido hermano mayor. Nunca un jugador de esa generación levantó la voz, callados por su celtismo militante.

El Celta es la alternativa a un inmaduro, lenguaraz pero genial Iago Aspas. El mismo que salvó al club de la posible desaparición. Los ascensos son anécdotas en una largo curriculum, la supervivencia es la vida. Un equipo que, con suplentes y canteranos, vuelve a la ser protagonista en la Copa, su competición, ganando en el último minuto en El Madrigal, como solía suceder al revés, o dar un baño infructuoso en el Calderón. Ver ganable una semifinal hipotética contra el Racing de Santander y que el más experto jugador de la casa falle un pase y el u-ru-gua-yo no perdone. Canteranos de la comarca, del área metropolitana, que dieron un paso al frente. Se llaman Yoel, Roberto Lago, Jonathan Vila o Iago Aspas. Incluso la competición donde Dani Abalo sacó su potencial, en el que muchos creen y tanto parece desconfiar él mismo. El que apareció ante su ahora equipo con una camiseta celeste y fue manteado en Balaídos. Como uno más. Como un celtista.

El Celta es el vecino del Dépor, del quizá club europeo con más mérito de Europa en las dos últimas décadas. Del que se olvidó la etiqueta de equipo-ascensor compartida a medias con el Murcia. El que no ha perdido una sola final. El que ha vuelto por séptima vez a Primera con un paréntesis de un año. El que tiene el oficio del que carece el Celta en demasiadas ocasiones y con una pegada descomunal. El que disfruta a Valerón y el celtismo aplaude. Baiano, con micrófono por medio, declaró en su día que había que luchar por la Liga. Sí. Pretencioso, prepotente y poco realista. Ya. Pero la vida es de los que arriesgan.

Ahora son otros. Es la personalidad de un Yoel en la Copa, de una bronca a Trashorras en la ciudad deportiva del admirable Villarreal, de una salida en falso en Granada en partido de máxima tensión y risotada generalizada para luego detener penaltis y perder la eliminatoria. El mismo que cuida de sus caballos y vive con sus padres. El que besa el escudo en un calentamiento en Riazor. Como otro celtista, Míchel Salgado, en el Camp Nou con Drenthe y Palanca de estiletes. La sobriedad de Sergio, su regularidad y su desilusión por la titularidad prometida cinco años después del último derbi en casa. La calidad, lo mediático y las subidas de Hugo Mallo. Los rumores intrínsecos a su salida prematura. La polivalencia de Oier y su reubicación como central. Ese Túñez que grita en la grada reivindicando al Joselu madridista, al internacional, contundente en el corte y de desplazamiento elegante. De Jonathan Vila, siempre secundario, siempre celtista, reconvertido para la causa y salida de balón. De ese David Catalá que vio el último ascenso como rival en el Camps d´Esports de Lleida y se suma al ataque. Del despliegue, el toque y la rapidez de Roberto Lago. Bellvís y sus tres descensos consecutivos, al que el Celta le abrió las puertas sin creer en la superstición de Luis Aragonés. Del rudimentario Bustos. Y su corazón. De la clase de Natxo Insa, con su alopecia juvenil y su gol en Tarragona. Del símbolo Borja Oubiña, su vuelta como excepción tras años de convalecencia, su clase y su cuerpo siempre vertical. De un De Lucas que aporta la veteranía y artífice de que un equipo canterano aspirase a lo más alto. Su físico cuidado y su desborde. La clase a borbotones de un Joan Tomás que salta desde el banquillo para abrir con su llave la lata con un código desconocido por el Celta y al que la afición le perdona su incidente estival. El dinamismo, el juego entre líneas de Toni, el celtista coruñés, el de la sangre fría frente al arco rival. El genial Orellana, individualista hasta aburrir, incapaz de asociarse en multitud de jugadas, pero ¡ay! cuando asiste y deleita con su arte. El que puso la primera piedra para el no ascenso del Celta en Granada. La rapidez, la búsqueda del espacio y la espalda ajena de un David Rodríguez importantemente secundario. El nueve alemán que se llama Mario Bermejo, con su físico robusto y su rol de finalizador. Iago Aspas, el que pierde los nervios, el de las machadas en declaraciones y joyas sobre el tapete, el que no cambia, el ansioso, pero al que Balaídos siempre espera y reparte clínics definiendo ante la portería rival.

Pero, por encima de todos, Álex López. El jugador-bisagra, el que pone el fútbol, une defensa con ataque, con su cerebro continuamente moviéndose, optando por la mejor opción, obcecado en el reto de entregar un balón en una situación mejor a la recepción previa. El que regatea en el momento oportuno y llega a zona de disparo. Chuts contundentes, secos, con personalidad. O la obra de arte de combinación y liderazgo cuando era un imberbe en el Mini Estadi. No se podría entender el ascenso sin él. Causa-efecto.

El Celta es un penalti de Alejo errado en una final de Copa. La crisis de ansiedad de Gustavo López, preso del pánico y su celtismo, en un banquillo en el re-ascenso en Lleida. Una afición pesimista y barroca que ha vuelto a inundar con sus colores las calles de Vigo, ciudad (y su cantera) simbolizadas en la bandera al cuello del capitán Roberto Lago como guiño al instante que se buceó en la casa para alcanzar el primer reto.

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