El héroe desgarbado

Fue hace cuatro años. Cuando nadie lo esperaba, apareció. Y lo hizo en un momento clave de la reciente historia del Celta. Los ecos del balón rebotaban por Vigo; hablaban de un chico que era futuro, de alguien con ese don especial para hacer vibrar las gradas. Lo confirmó contra el Alavés. Su carrera arrancó con treinta minutos que quedarían escritos en el césped de Balaídos para siempre. Dos goles que le daban al Celta la continuidad en Segunda cuando más se ensombrecían las cosas. 

En el minuto 80, habló la cantera, piedra angular de aquel equipo de Eusebio y del actual. Centró Abalo y Aspas remató de cabeza. La camiseta, con el dorsal 28, se salió de su cuerpo mientras Balaídos soñaba con no caer al pozo. Y después de un empate para el nerviosismo, volvió a aparecer. Fue en el tiempo añadido, cuando no quedaba aire para respirar; su olfato y oportunismo le obligaron a rematar un balón a puerta vacía. Era el día soñado para un canterano. 

Iago Aspas, el chico de Moaña. Iago, el escuálido representante de una ciudad. Aspas, la imagen de una cantera que quiere pegar fuerte en el fútbol español. De movimientos rápidos, de brazos sueltos y de piernas veloces. De carácter dentro y sonrisa tímida fuera. Empezaba su historia en el primer equipo con dos goles, pero no todo fue coser y cantar después. Llegó Herrera, y esa temporada Iago no encontró su sitio. No era extremo, tampoco media punta; la posición de segundo delantero tenía más cerca a Trashorras y nadie pensaba en él como punta. Pero la perseverancia y el ojo clínico de Paco hicieron el resto. 

Con los antiguos referentes fuera del club, la 2011/2012 le abrió paso. Fue como punta y alma. Con Bermejo como escudero y Orellana como socio de acción. Libertad para Iago, interpretando a su manera el concepto ya cansino del 'falso 9'. Y la conexión con la grada fue instantánea. La afición se vio en el espejo de un chico de la casa que no bajaba ni cambiaba de marcha durante todo el partido. Que marcaba, que deleitaba y que corría y presionaba. El escudo celeste buscó arraigo y lo encontró en su corazón; Iago estiraba la camiseta, tiraba del escudo después de cada gol aquella temporada. Nos decía que ahí estaba él, sintiendo el clamor de Vigo debajo de la camiseta celtista. Y lo hizo hasta en 23 ocasiones, números de crack futuro que terminaron con los huesos del equipo y los suyos en Primera División. Mejor delantero de la categoría como premio a uno de los que dirigió el timón del Celta en el camino a la máxima categoría. 

Iago, alumno aventajado en la suerte del fútbol, apareció en Primera sin demasiado ruido mediático. En Balaídos, el fulgor recorría las gradas cuando agarraba el balón, como el de la ola que está a punto de estallar en la orilla. Y se extendía como la polvora con sabor a salitre por los campos de toda España; ya tenía el objetivo de las cámaras fijado en él; ya los medios hablaban del '10' del Celta; ya dejaba su firma en las áreas rivales. En un equipo que jugaba un fútbol atractivo, él era el referente. 

Pero toda historia de un héroe tiene momentos oscuros. A Iago le traicionaba su carácter, su ímpetu a la hora de exigir, su desazón cuando las cosas no salían. Y Herrera le despejaba la cabeza quitándolo de su hábitat, el césped. Cada cambio de Aspas era una flecha en el corazón de la afición, y su gesto se tornaba oscuro. Y la oscuridad le agarrotó en el derbi en Riazor. El archienemigo de este héroe vestía blanquiazul y se llamaba Marchena. La respuesta, alejada de su fútbol alegre, le costó el que seguramente sea el momento más duro de su carrera. 

El Celta se había hecho un lío con la amenaza de la Segunda tan cerca. Llegaba Abel, el equipo buscaba nueva personalidad y Aspas se marchaba a la grada durante cuatro eternos partidos. Y volvió cuando el equipo tenía la soga al cuello. Iago trabajó para dejar al equipo en Primera, luchó para que los esfuerzos pasados tuviesen recompensa el año que viene.  

La última imagen de Iago con la camiseta del Celta es un regate vibrante a Colotto, una penetración en el ombligo del rival que cedía el protagonismo a Insa. La jugada se repetía a cámara lenta los días posteriores; el balón zigzagueando entre sus piernas ante la atónita mirada del defensa. Y Aspas, siempre con esa mirada perdida en algún punto de la red, servía el gol de la permanencia. No había otra despedida posible para el último héroe de Balaídos. Con la invasión del campo ratificando la permanencia, se llevó las manos a la cara y descendió los peldaños del túnel de vestuarios de Balaídos. Esos escalones que rezan un himno que lleva en su corazón. Entraba en el túnel sabiendo que no volvería, de momento, a recorrerlos. Que su futuro estaba lejos de la ría, lejos de Moaña, más cerca del Mersey que del Lagares, y que el celeste se tornaría 'red'. 

Aspas se marcha, pero no deja el Celta. Ni el Celta deja a Aspas. En la grada siempre habrá hueco para el héroe desgarbado de luces y sombras. Se va al lugar donde nunca se camina solo. Iago tampoco caminará solo en sus nuevos retos. Siempre lo hará con una Rianxeira sonando a lo lejos. 

Gracias y buena suerte.  

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