El burdo rumor

Agarrotado. Así me quedé el viernes por la tarde al conocer un rumor que marcaba, de manera efectiva, el descenso del Celta. Sin posibilidad de permitir al fútbol que luchase, todo estaba acordado por vete tú a saber qué intereses. Cabreado, indignado, atontado. Como por un golpe de calor, la vista se me nubló y decidí que qué mejor que lanzarlo al aire para que explotase él en vez de hacerlo yo. 

Y salió disparado al cielo de Twitter, el lugar donde los rumores tienen una capacidad de expansión inigualable (y preocupante). A los 3 minutos, ya me estaba arrepintiendo. Jugar con la palabra “rumor” es jugar con algo no confirmado, con “dimes y diretes” que no cuentan con la confirmación del peso de la realidad ni con pruebas materiales para atar bien el asunto. La respuesta fue variada; desde la indignación con el rumor, pasando por la incredulidad y hasta el cabreo con el insensato mensajero (yo, vamos). Toda reacción comprensible y aceptable. Es cierto que muchas de estas cosas se hacen para buscar reconocimiento, notoriedad... Ni mucho menos en mi caso. 

Hoy en día, nadie reconoce los errores, no se lleva. Los políticos y los periodistas, por ejemplo, no acostumbran a reconocerlos; yo me veo en la obligación de hacerlo porque actué en base a una categoría que agrava más mi fallo: la de hincha. El que tiene en la cabeza un cabreo que le afecta a la hora de tomar decisiones claras y razonables y que decide compartir su cabreo sin mirar las consecuencias de un acto. El error es jugar con algo tan importante como los sentimientos.  

El fútbol no es de los clubes ni de los entrenadores ni de los árbitros ni de los presidentes ni de los jugadores. El fútbol es de los aficionados, sea cual sea su color o condición, y si debe de haber algo intocable es él, el aficionado que va a sufrir en la grada, en su casa o en el bar; nadie tiene derecho a calentar la cabeza un día antes de jugarse la vida. Nadie tiene derecho a jugar con el aficionado. Sobre todo, te ves sin elementos para apoyarte, has jugado con una idea que no tiene base física y a la que no puedes agarrarte salvo por tu palabra. Error. Puedo asegurar que no hubo nadie más afectado por aquel rumor que yo, y la cabeza me dio vueltas hasta el sábado a las cinco de la tarde. 

A partir de esa hora, dejé la mente en blanco y me centré en el reto sin más. El camino hasta Balaídos era inhalar constantemente fútbol; banderas en las ventanas, camisetas, grupos, y nervios compartidos. Y en el estadio, el recibimiento del autobús del equipo fue de esas cosas que no se olvidan. Algunos nos miramos, con el rumor ya revirado desde hacía horas, y nos dijimos que era digno de Primera, que no cabía posibilidad alguna de un final triste. La opción, por encima de todo, era creer. Entre nervios y miedo, pero creer.

El problema es que la tarde era a la vieja usanza, con transistores, dependiendo de lo que hiciesen otros equipos; una cadena de resultados que tenía que ir beneficiando a otro hasta llegar al Celta. El Sevilla tenía que ganar para que la Real fuese con más intensidad a por la Champions y así el Celta pudiese quedarse en Primera con una victoria.

El halo en la grada era de confianza, de que se podía lograr, del “¿por qué no?”, como repetía un padre a su hijo en Rio Alto. Desde el gol de Insa, con olor a despedida de Iago, las miradas se hicieron cómplices para ordenar los minutos y resultados que se iban dando. Alegrías desaforadas en la otra punta de la grada que se iban extendiendo como las olas hasta llegar a tu zona. Así llegaban el gol de la Real, los del Sevilla, los achuchones del Depor, los intentos del Valencia. Mientas, en el césped la vida se jugaba más lenta de lo normal, con el Celta fallando con la confianza de que aquel gol serviría. Y Rubén dejaba claro que con él no se jugaba. 

Creo que fueron cuatro minutos de descuento los que hubo en Riazor; cuatro minutos que tardaron una eternidad en confirmar, mientras la gente ya cubría el césped de Balaídos, que el Celta no bajaba. “¡Terminó!”, exclamó una voz. Final en Coruña, principio de la fiesta en Vigo. 

Y pensar que el burdo rumor casi me arruina el día. Después de un año que se ha hecho tan largo solo toca hacer una cosa: disfrutar. Y la conclusión final es que de los errores se aprende...

Hala Celta.

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