La noche de los transistores

A la noche del 23 de febrero de 1981 le bautizaron como “la noche de los transistores”. Fue sin duda la noche de la radio,  la heroína que sirvió de epicentro comunicativo y mantuvo desvelado a todo un país pegado al aparato electrónico.  Quizás ese día se puso en evidencia el enorme poder de este medio de comunicación. Desde entonces ha habido muchas otras noches y días de la radio. No es porque trabaje en una –que también-, pero no concibo la vida, y en concreto no concibo el fútbol sin su carrusel y sucesión de jugadas, sus sonidos, ocasiones perdidas, el recreo o lamento de sus aficiones.

 La Liga de Fútbol Profesional se ha empeñado los últimos años en romper esa rutina emocionante con partidos separados en excéntricos horarios. Pero el domingo pasado volvió la magia.  Los gritos saltaban de estadio en estadio, y uno se estremecía con cada pitido que avisaba de la presencia de un balón cruzando una red: “Tenemos gol en la Rosaleda”, “Gol de Osasuna”, “¿Cómo queda la clasificación?, “¿Y ahora quién bajaría a segunda?”.

La magia volvió el domingo y quizás las meigas, esas criaturas alejadas de lo científico, tuvieron algo que ver. En esa jornada de fútbol, como las de antes, a excepción de la victoria de Osasuna, se dieron todas las circunstancias que podían haberse dado para que el Celta, abocado a segunda según el sentir general, durmiese una noche más en primera.

Los celtistas, afición proclive a los sinsabores, sabemos que la fe ilimitada a veces tiene premio. Es verdad que son pocas las ocasiones de buena dicha pero  como las propias meigas “habelas, hainas”. El domingo hubo una, pero no es suficiente. La gracia divina nos ha dejado a medias, con una sensación confusa entre ilusión y pesimismo. Estos días en Vigo se han hecho más cuentas que para llegar a fin de mes. Mañana estaremos tan atentos a Balaídos como a Riazor, en un guion que parece diseñado  para la penitencia y el infarto futbolístico. Mañana el Celta volverá a la Liga Adelante y pesarán los errores, o se quedará en primera y pesarán los milagros. Todo en otra noche mágica de transistores. 

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