La vieja normalidad

En el momento en el que redacto estas líneas, todo va bien. Sí: la salud acompaña. De momento, ni yo ni ninguno de mis seres queridos ha padecido o padece el nefasto virus que nos ha mantenido en estado de alarma todavía hasta la fecha. Y, al fin y al cabo, eso es lo más importante, ¿no? Que la salud (y el dinero y el amor, como afirma la clásica canción) nos acompañe. Sin embargo, en esta “nueva normalidad” que hemos empezado a vivir, hay cuestiones del pasado que vuelven, como suele decirse, a mordernos el culo. Y una de ellas es nuestro querido Celta.

El celeste equipo de Vigo ahora juega en el estadio de Balaídos sin su afición. Así lo hizo frente al Villarreal y, en principio, lo seguirá haciendo en estas cinco frenéticas semanas en las cuales se dará por cerrada la Liga más extraña que se recuerda. Pero no será el único: todos los demás conjuntos que conforman esta primera categoría del fútbol en España se encontrarán en igualdad de condiciones. Por esta razón (entre otras), no puede ni podrá servirnos de excusa el hándicap de su carencia y/o empuje para sacar los partidos adelante. El trabajo depende exclusivamente de los futbolistas.

Bajo esta premisa me detengo a reflexionar sobre lo visto en la reanudación de esta competición, y las conclusiones son malas. Quizá, incluso, no pueden ser peores… Porque el Celta ha vuelto del confinamiento con todos sus jugadores sanos en lo individual, pero enfermos en lo colectivo. Se arrastran afecciones del pasado ya crónicas en este equipo, y muy preocupantes: es posible incluso que estemos hablando de un rebrote en varios de los males endémicos que nos vienen asolando a la afición celeste desde hace más de tres temporadas. Fragilidad en la parcela defensiva, fragilidad en lo mental, poca capacidad de creación, de imaginación, de desparpajo, y ofensivamente pobres; he ahí el diagnóstico.

Frente al ‘Submarino Amarillo’, el Celta ha vuelto a ser (para nuestra desgracia) un equipo reconocible por sus carencias y defectos, más que por sus aciertos y virtudes. En esa vorágine de hastío y tedio, la única propuesta pareció ser el “no perder a toda costa”, y cuando no perder se convierte en tu mantra, en detrimento del “salir a ganar”, generalmente el resultado es el que ya todos conocemos. El futbolista se pone nervioso, el rival se crece y, poco a poco, en un aumento lineal, se acaba llevando el partido por mantener la mentalidad más fuerte. No hay ninguna ciencia en esto, simplemente ocurre, ya sea en el minuto 80 o en el 92, como fue el caso en esta ocasión. Pero lo peor de todo es que el escenario volverá a repetirse mientras el grupo siga igual de enfermo.

Ahora la tendencia es hablar de “nueva normalidad”: un oxímoron bastante curioso por su estructura y apariencia. No obstante, ahí estamos todos utilizando el concepto, puesto que retrotrae a la vida ‘pre-pandemia’, pero al mismo tiempo, mantiene un ojo avizor sobre el virus que aún nos rodea, asola… y mata. No podemos olvidar que, en cierto modo, se nos ha permitido volver a hacer “vida normal” (me gustaría poner muchas más comillas) mientras la situación todavía se encuentra lejos de estar controlada. Aunque muchos queramos aceptar todo esto y tratar de seguir luchando para salir adelante, la vieja normalidad del Celta, la normalidad de siempre; la mala; continuará ahí jornada tras jornada, persiguiéndonos.

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