Celtismo en tiempos del coronavirus

“…Y la miró por última vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y más agradecidos que ella no le vio nunca en medio siglo de vida en común, y alcanzó a decirle con el último aliento: —Sólo Dios sabe cuánto te quise”.

 

Me he visto obligado a escribir estas líneas, inspirado por la famosa novela de García Márquez. Supongo que tú, mi astuto/a lector/a, te das cuenta del porqué. Nuestro mundo, nuestra vida (tal y como la conocíamos hasta ahora), ha dado un vuelco. De repente, de un día para otro, una amenazadora pandemia nos ha arrastrado a todos al confinamiento, a la reclusión en nuestros hogares, sin apenas tener posibilidades de contemplar el exterior. Un exterior que se ha vaciado de presencia humana y, como tal, ha visto reducida nuestra actividad a lo estrictamente necesario: comida e higiene. Fábricas, empresas, colegios y también, por supuesto, el ocio, han cesado su actividad.

El fútbol no podía ser menos. Las ligas se han paralizado y, a diario, los futbolistas practican sus tablas de entrenamientos desde el confort de sus casas. Mientras tanto, el celtismo, intranquilo desde hace ya varias temporadas con el extraño (y preocupante) devenir del equipo, ahora vivía un momento de cierta calma tensa. El conjunto celeste había salido por fin de puestos de descenso y tanto su juego, como sus resultados, estaban siendo relativamente positivos, en línea ascendente. Sin embargo, de sopetón, todos nos hemos percatado de que este deporte, este sentimiento, no es más que otra forma de pasar el tiempo. No es importante. No es necesario. Lo disfrutamos, lo sentimos, lo vivimos, pero cuando el mundo se ha ido un poco a la mierda, es cuando uno se da cuenta de que “el celtismo”, en tiempos del COVID-19, carece de todo sentido.

Lo echo de menos, para qué engañarnos. Añoro como el que más gatear por esas tortuosas escaleras hasta mi butaca de Río Alto cada dos semanas, pero como también echo de menos comer con mis padres, pasear por Castrelos, dar una vuelta en moto por Bouzas, o abrazar a mis abuelos, que viven en la calle Pizarro, a tan sólo 10 minutos de donde me encuentro. Y ya no puedo hacerlo. Amaba mi antigua vida, por muchos defectos que pudiese tener. Nuestro habitual modo de vivirla parece haberse colado por el desagüe de este planeta enfermo, y el Celta, con él.

No obstante, miro a través de mis ventanas. Allí también hay gente en las suyas, que contemplan este nuevo panorama desolador con, a veces, banderas y bufandas del equipo de Vigo adornando sus balcones, y pienso: “siempre habrá más que nos una en contraposición a lo que nos separe”. Honestamente, ya no sé qué será de nosotros; de la Liga, del Celta… Desconozco si esto supondrá un antes y un después en nuestra historia para que, realmente, valoremos de una vez lo que teníamos, las vidas que disfrutábamos y ahora una absurda enfermedad nos ha arrebatado. Lo único que puedo asegurar es que (y volviendo a las citas literarias), “la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artilugio logramos sobrellevar el pasado”.

 

Aquí estoy, con vosotros, porque ninguno estamos solos en esto. Volveremos más fuertes… Nosotros, el celtismo. Ánimo. Forza.

 

#YoMeQuedoEnCasa

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