El viaje

En los últimos meses el futuro ha ocupado buena parte de mis pensamientos y eso me ha generado un poco de ansiedad. En las próximas semanas pueden cambiar muchas cosas en mi vida, la exigencia será mayor que antes y a veces no proceso esta situación de la mejor forma posible. Cuando el futuro aparece en mi cabeza adopta la forma de un calendario que con el paso de los días va perdiendo sus colores y grafismos hasta ser una sucesión de terroríficas hojas en blanco. Mi mente se llena entonces de cientos de interrogantes: ¿encontraré otro puesto cuando se acabe mi contrato de trabajo? ¿Podré hacer frente a los gastos mensuales con lo que he ahorrado hasta que me surja algo? ¿A qué voy a tener que renunciar? Si renuncio a ciertas cosas, ¿seguiré siendo feliz? Y si no soy feliz ni veo forma de mejorar mi situación, ¿cuánto tiempo podré aguantar así? No son cosas agradables en las que pensar.

Reflexionando, me di cuenta que llevaba mucho sin disfrutar realmente del presente y que, aunque el futuro sea incierto y pueda asustarme, ahora mismo estoy en una situación que desde hace mucho tiempo me era ajena: tengo un trabajo que me hace sentir realizado, tiempo para hacer aquellas cosas que me gustan y me levantan el ánimo, nuevos desafíos en el horizonte que me generan energía e ilusión y estoy rodeado de gente que me hace disfrutar de mi vida cada día. Esas sí son cosas en las que merece la pena pensar.

Tengo la sensación de que estos sentimientos son compartidos por mucha gente de mi generación y otras adyacentes. Las circunstancias que han cambiado nuestras vidas en la última década nos han llevado a imponernos unos estándares de autoexigencia asfixiantes y a acelerar nuestros ritmos vitales aunque la cabeza nos pida reducir una marcha y la trazada no nos permita aumentar la velocidad. Pensamos más en ponernos a 120 en la autopista en vez de observar el paisaje que estamos atravesando. No es la metáfora más conseguida ni discreta del mundo, pero culpad al juego, no al jugador (y, especialmente, al articulista).

Ayer, el fichaje de Rafinha Alcântara cerraba la plantilla del equipo y una de las reacciones que más escuché y leí fue que “ahora no hay excusas para no aspirar a Europa League” en su multitud de variantes. Me entra el vértigo solo de pensar en ello. Es cierto que es de ciegos no reconocer que la plantilla de este año ha sido confeccionada con el objetivo de recuperar el prestigio perdido en las últimas temporadas y que se ha invertido en jugadores de renombre y talento suficiente para hacer posible ese retorno a la parte noble del campeonato y, sin embargo, a mí es lo que menos me preocupa de este Celta 2019-20.

Tras dos temporadas en las que cada semana tenía menos ganas de que llegara la siguiente jornada, por primera vez en mucho tiempo tengo ganas de que llegue el próximo sábado. Cuando veo que Denis, Santi, Pape o Rafa acompañan en las alineaciones a Iago, Hugo o Rubén no pienso en que el año que viene podemos estar jugando unos dieciseisavos de final en Praga: pienso en los buenos momentos que nos pueden brindar esta temporada sobre el césped de Balaídos, en los once canteranos más uno de la primera plantilla y el orgullo que me produce la situación y que, si bien hay exigencia, creo que la ilusión es mayor. Lo que tenga que venir, vendrá, pero estos momentos quizás no vuelvan. Disfrutemos del viaje.

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