Las orejas del lobo

        Galicia siempre ha estado ligada al rural. Nuestra caprichosa geografía, históricamente, ha diseminado su población en pequeñísimos núcleos separados por pocos kilómetros. Así, no hace tanto tiempo, cuando la industrialización y el mundo capitalista hizo crecer las capitales de provincia hasta las urbes más o menos medianas en las cuales vivimos, la gente hacía su vida en pueblos logrando su sustento a través de la agricultura, la ganadería o la pesca. De hecho, la etimología de Vigo fue desmontada hace pocos años, pues no procede del latín ‘vicus’ (aldea), sino de la palabra vikinga Ùig, que se refiere a bahía; pero hasta 2015 así se creía.

            Aquí, en nuestra ciudad, se fundó el Celta en 1923, cuando éramos poco más que esa aldea que erróneamente pensábamos que se hallaba implícita en nuestro propio nombre. Y como tal aldea, nos asustaban los lobos, porque vendrían a comerse a nuestras preciadas ovejas, gallinas o vacas… Cien años después, esto se hace extensible a nuestro preciado equipo de fútbol, que históricamente siempre ha vivido a rachas entre el cielo y el infierno. Ahora, octava temporada consecutiva en primera, por tanto, la tercera racha más larga en nuestros casi cien años de existencia; tras las catorce en tiempos de posguerra y las doce en la época del ‘Eurocelta’.

            Deberíamos estar contentos por alcanzar tal hito, sí, pero no lo estamos. Tres entrenadores y un merecidísimo decimoséptimo puesto después, sin que ninguno de ellos haya además convencido a una mayoría de celtistas, nos vemos en el barro, doloridos y ensangrentados tras luchar contra el lobo por salvar a nuestro ganado. Nosotros, el celtismo, somos los únicos que hemos pugnado por sacar adelante la situación, ya que la directiva aún no parece tener las ideas demasiado claras, el futuro demasiado diáfano. Ellos son, precisamente, los que no nos creyeron cuando les alertamos de que “venía el lobo”.

            Un equipo cuya alma reside exclusivamente en el interior de Iago aspas, y de los dos o tres compañeros que se ven arrastrados por su fuerza nunca podrá aspirar a nada más que esto. No vamos a poder seguir temporada tras temporada dependiendo (al menos en tan alta medida) de un solo jugador, porque Iago ya no tiene veinticinco años, y por cada pequeña lesión o sanción nos veremos abocados a las derrotas inexorablemente. La reestructuración a la que el mismísimo ‘crack’ moañés aludía, el “borrón y cuenta nueva”, es imprescindible en todas las líneas. Hemos perdido demasiadas ovejas por el camino.

         Este nuestro club tiene que estar diseñado para mirar hacia arriba, hacia adelante, y no hacia abajo. Balaídos haciendo la ola por lograr un mísero empate a dos frente a un Rayo ya descendido no me representa. Me representan la lucha, las ganas, el compromiso, la afouteza; y no el conformismo, no la alegría por lograr objetivos que no nos corresponden. La temporada por fin ha acabado, el verano no ha hecho más que empezar, y desde las más altas esferas el trabajo de prevención debe ya dar comienzo si no queremos repetir este penoso escenario. Aunque supongo que también se pueden extraer conclusiones positivas en tal desastre de campaña, y todavía más ahora cuando le hemos visto las orejas al lobo.

Ha llegado el momento de cerrar este cuento sin que la bestia nos engulla.

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