Matices

Después de tres jornadas de liga disputadas ya podemos empezar a extraer las primeras conclusiones sin temor a equivocarnos demasiado. Porque sí, porque hablamos de un nuevo Celta, tan parecido a los anteriores como diferente en los matices quizá más relevantes de este deporte. De hecho, es posible que estemos ante la imagen de una misma persona durante sus vacaciones o tras el llamado “síndrome post-vacacional”, si es que en estas fechas se me permite tal analogía. Nos encontramos ante la misma carcasa, pero con un estado interno muy distinto.

Si nos ceñimos a la mera estadística, se han logrado siete puntos de nueve posibles.  Obviando la primera jornada, de transición y asentamiento, en la cual se recibe un gol excelsamente circunstancial, el equipo sólo encaja uno y además de penalti, ya en la segunda. En la tercera, contra el injustamente famoso reconocido como “equipo del pueblo”, la portería celeste acaba a cero. Es decir, tranquilamente los vigueses podrían haber llegado hasta este primer parón de selecciones sin ningún gol en contra; y ahí reside la primera gran diferencia del Celta 18/19.

Este equipo es defensivamente mucho más sólido, más seguro. Sí, es cierto, Mohamed está alineando a tres centrales para cimentar ese “muro”, pero lo está logrando (sorprendentemente) sin renunciar a la ofensiva. Algo que, razonablemente, cae por su propio peso cuando el conjunto se sigue vertebrando en torno a tres hombres de un perfil tan vertiginoso como Aspas, Sisto y Maxi, ayudados por un centro del campo técnicamente infalible (Lobotka y Beltrán) y las bandas actuando como estiletes, de carrileros. En un Celta innegablemente desequilibrado como el del año pasado, ‘El Turco’ ha sentado cátedra sobre aquella artificial máxima de “cantidad no es igual a calidad”. En este caso, en absoluto ha sido así.

Y eso nos lleva irremediablemente al Celta de Unzué. Un equipo con una espectacular mordiente arriba (no olvidemos que entre Maxi y Aspas sumaron 40 goles, cifras de equipo europeo) pero que se deshacía como la sal en el agua hervida en cuanto el oponente pisaba el área. Demasiados goles encajados. Demasiada debilidad defensiva. Demasiados puntos perdidos en las rectas finales de los partidos…. Por un nerviosismo instalado ferozmente en la mente de nuestros zagueros (y porteros). Cuestión que nos hace reflexionar sobre el otro matiz tan diferente con respecto a ese equipo del pasado: la psicología.

El Celta de Mohamed, con respecto al de Unzué, es un conjunto seguro de sí mismo. Un equipo labrado desde la propia confianza en la calidad individual de cada uno que, salvo excepciones, se traduce en una coreografía muy bien ejecutada: cada elemento sobre el césped es consciente de sus defectos y sus virtudes, y saben (los jugadores) aprovecharlas o tratar de que los defectos sean lo más imperceptibles posibles. Todo ello desde la psicología, la motivación y la fortaleza mental. “La actitud no se negocia”, reza el eslogan de esta campaña de abonados, y parece más simple márquetin, cuando el de la pasada fue “embárcate, que te vas a marear”…

En cuanto pisó el banquillo celeste, ‘El Turco’ declaró que el Celta tenía que aspirar a ganar la liga. Evidentemente a todos nos ha hecho gracia tal comentario porque es obvio que a día de hoy roza lo imposible, pero en esas declaraciones se escondía la gran diferencia con respecto al equipo mediocre que dirigió el año pasado cierto técnico navarro: la ambición sin límites. La capacidad de hacer realidad un sueño cuando se trabaja por ello. Eso es lo que diferencia, al fin y al cabo, a la grandeza de la mediocridad. Este año desconocemos qué ocurrirá con la defensa, con el ataque y con los resultados en última instancia, pero (como mínimo) da la impresión de que las medianías, por fin, se han acabado.

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