La fábula de la liebre y la tortuga

Dudo mucho que en las nuevas oficinas del Celta, en ‘A Sede’ de Príncipe, hayan leído a Esopo. Pero seguro que, como todos nosotros, conocen una de sus fábulas más famosas. La moraleja de la historia, que constituye una crítica a la arrogancia, es que yendo despacio se llega lejos. Cuando retomamos nuestra histórica plaza en la primera división, hace ya más de un lustro, construimos poco a poco un equipo, una marca, un prestigio. En un año hemos vuelto (casi) al punto de partida.

Tras el “Derbi de la desidia”, se consolidó esa sensación. Un nuevo resultado que se truncó en los últimos minutos debido a un conjunto de futbolistas que jugaron sin alma. Una desidia, una dejadez, una apatía, que incrementaron la desaprobación de la grada debido a la innegable calidad que atesora el grupo, y que además todos hemos visto. Los aficionados, conocedores más que nadie de este escenario, nos preocupamos más por meternos con el eterno rival que por conectar con el equipo. Pero en absoluto es culpa nuestra.

Se está hablando largo y tendido de la responsabilidad de la directiva, porque la tiene, evidentemente. Pero la culpabilidad reside, casi exclusivamente, en la figura de Juan Carlos Unzué. A priori, la apuesta era buena, eso resulta obvio, ya que el año de Luis Enrique en el banquillo celeste había sido bastante bueno, casi sobresaliente, vistas las expectativas por aquel entonces, con un final de temporada espectacular. Cuando se fichó al míster navarro el verano pasado, segundo del asturiano entonces, el objetivo era el que precisamente casi se consigue en aquella lejana liga, a falta de un par de jornadas más. Lo vivido este año se queda francamente a un abismo de distancia.

Humildemente, nosotros sólo pedíamos acudir a Balaídos a divertirnos. Con el objetivo de la séptima/sexta plaza entre ceja y ceja, pero dando un buen espectáculo. Se podía acabar la liga en el puesto décimo, porque eso en ocasiones no depende de uno mismo, pero peleando hasta el final y ofreciendo algo. Llamémoslo juego, llamémoslo conexión… Los jugadores nunca llegaron a empatizar con el entrenador, y ni siquiera hablo de sus ideas (fueran cuales fueran), sino con él como persona. Le faltó carácter, le faltó ambición, y por supuestísimo le faltaron afouteza e corazón.

Esta será una temporada para el olvido, que desgraciadamente nunca olvidaremos. Los celtistas estamos decepcionados, estamos dolidos, incluso enfadados. La inversión, el empeño, y la aptitud de los jugadores, con una clasificación europea más barata que nunca para aderezarlo todo, nos invitaban al optimismo. Pero nos creímos los más veloces de la carrera, y casi todos los demás nos adelantaron por la derecha. La mediocridad se convirtió en normalidad, y lo único que espero es que a partir del verano venidero no se convierta en una máxima para nuestra entidad, saneada económicamente y todavía con ínfulas de ser grande a medio plazo.

En una Liga descafeinada en general, con todo ya resuelto por arriba y por abajo hace jornadas, no supimos brillar. Restan los dos partidos “de la basura”, donde visitaremos el Bernabéu (plato de mal gusto en esta situación), y recibiremos al Levante para despedir una temporada donde el hastío nos acompañará como una lacra hasta que, por fin, le digamos adiós. Nosotros nunca seremos la liebre, Juan Carlos; somos la tortuga. Y es algo que jamás debe olvidársenos.

Gracias y adiós.

BLOG COMMENTS POWERED BY DISQUS