Sin perderlo de vista

 

           Minuto 88. Cuando la volea del ‘Tucu’ roza los dedos de Chichizola para acabar introduciéndose en la portería de Las Palmas, prácticamente se me saltan las lágrimas. Era el gol de la victoria. Contra el decimoctavo clasificado de la Liga. En nuestras casa. Supongo que eso debe de significar ser del Celta: vivir cada jornada como si fuese la última. Como si en cada partido jugado se ganara (o se perdiera) una última oportunidad para marcar un hito. Una posibilidad de, granito a granito, levantar una montaña; porque si justo ese granito fallase… habría que volver a empezar desde el principio.

El partido contra los canarios era una nueva ‘final’. Uno de esos muchos partidos que tendremos que superar de aquí a la conclusión de la temporada. Porque cada oportunidad aprovechada, como anoche, es un paso adelante; pero cada una desperdiciada, son dos atrás. Es verdad que toda esa franja de equipos aspirantes a puestos europeos se encuentra sumamente apretada, ya que ninguno acaba de encontrar su mejor versión, los mejores resultados. Sin embargo, nosotros tenemos que mirarnos en el espejo y dejar espacio a la autocrítica.

No estamos bien. No somos (ni mucho menos) el equipo que alcanzó dos semifinales la pasada campaña, ni el que clasificó a Europa la anterior. Prácticamente podríamos asegurar que somos una sombra de esas dos versiones previas del Celta. Poco vistosos, poco dinámicos y (lo peor de todo) poco ambiciosos. Con esto no quiero afirmar que no lo seamos, sino que todavía nos falta cargar mucho de cada uno de esos ingredientes para conseguir elaborar una receta con sustancia, con la personalidad adecuada.

Dependemos en demasía de las individualidades. De nuestras figuras clave, cuyo rendimiento se encuentra libre de toda duda, pero que, cuando alguna de ellas falla, todo el trabajo colectivo se viene abajo. Falta demasiado a menudo esa ‘sensación de equipo’, de bloque, de solidez. Y lo achaco más a cuestiones mentales, psicológicas, que a las meramente tácticas o técnicas; por eso no me gustaría señalar aquí exclusivamente al entrenador. Todos deben sumar; todos podemos ayudar.

El sábado toca el Wanda Metropolitano. El segundo clasificado. No una plaza de buen gusto donde torear… pero sí uno de esos lugares donde, habitualmente, solemos encontrarnos con la mejor cara de los nuestros. Puede que no sea el Atlético de Madrid un rival a la altura contra el que medir nuestras fuerzas, pero de sacar algo positivo, algo con lo cual afrontar con un estado mental más apropiado las jornadas venideras, sí es posible que el objetivo esté más cerca. Esa tiene que ser la premisa hasta el final: visualizar siempre el objetivo, y nunca perderlo de vista.

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