Confrontación

Edición propia

Enfrentamiento. Disputa. Incluso pérdidas de papeles. Resulta la tónica general de todo el mundo en las diferentes facetas de la vida moderna: política, religión, humor… Y también en el deporte. El ser humano vive anclado en la cólera suscitada por enarbolar sus propias opiniones en un abstracto campo de batalla de la dialéctica, un campo sembrado con ira y odio. Pero no, no es el camino, puesto que hasta ya bien entrado el siglo XX, aún en tiempos de guerras mundiales, masacres, genocidios y demás brutalidad humana, la gente sabía discutir. Sabía llevar a cabo un sano y productivo intercambio de ideas donde ninguno de los interlocutores saliese malherido.

La situación del celtismo, como la del resto de esta sociedad inmersa en pleno año 2017, es de pugna, de debate a viva voz. O al menos lo era hasta que se han calmado las aguas, desde que la Liga por fin acabó. Nos han arrastrado sin remedio a un nuevo dilema de difícil solución, por si ya no tuviésemos problemas suficientes, y como si sólo existiera una salida para el mismo. Triste pero cierto. De esto intentaré que verse el artículo que sigue: de los pragmáticos tonos intermedios de grises entre el blanco y el negro. Entre el “sí” y el “no”. Entre el bien y el mal. Entre Abel Caballero y Carlos Mouriño… el color celeste.

Pongamos las cartas sobre la mesa: servidor no es votante de Abel Caballero, ni tampoco adalid del habitual empresario capitalista, precisamente. Vivo a escasos diez minutos del estadio de Balaídos, y me he criado en él: he vivido, sufrido, reído y llorado sobre la grada de Río Alto. Mi padre me llevaba  a ver primero a Gudelj y luego a Mostovoi y compañía sobre ese césped. Y no, no me gusta que se hayan alcanzado ciertas cotas de tensión, ni que tenga que decantarme por uno u otro de los protagonistas. El debate me disgusta, me apena, me aburre; máxime cuando transitamos una época de satisfacción y orgullo, recién superadas las más altas cotas históricas del equipo. Sin embargo, aquí me encuentro, dispuesto a mojarme y a tratar de compartir mi humilde y, en definitiva, nimia y baladí opinión.

En el momento álgido del debate me costaba menos declinar la balanza hacia el lado del presidente. Sí; lo admito, y no por ello pondré nunca ni un dedo en el fuego por su gestión ni por muchas de las decisiones que se han tomado en esta nuestra casa desde que tanto él como su directiva llegaron. El señor Carlos Mouriño no me representa, pues aquí es el Celta lo único que me importa, lo que me interesa; me da igual si su nombre es Mouriño, Horacio, Rivadulla, o Barreras. Ni siquiera me detengo a pensar en la mayoría absoluta que el alcalde ostenta en nuestro concello y que le otorga gran rédito, aunque opine que el fútbol también es política; sí, porque la política lo es todo. La política hace que tengamos la libertad para acudir al campo, que el propio campo exista, y que unas aceras más o menos bonitas nos conduzcan hasta sus puertas sin que las bombas se precipiten sobre nuestras cabezas. Que no os mientan: nadie es “apolítico”. Algunos serán no votantes o apartidistas (si se me permite), pero nunca apolíticos; porque tienen una opinión, como puede ser esta: creo que toda la política que está rodeando al caso que nos ocupa nos ha superado.

Los datos con los que contamos los aficionados, pues, son los siguientes: el presidente necesita ganar dinero, y el alcalde ganar votos. Eso es así, le pese a quien le pese. Y no por ello resultan ilícitas sus posturas, sino lógicas. Sin embargo, uno tiene el poder capital y el otro el democrático, y si por el camino del poder democrático y la justicia los negocios no se concretan, en este indecente mundo es posible que se concreten utilizando la otra vía. A Mouriño se le denegó la oportunidad de construir su ciudad deportiva, y también se le (nos) prometió un estadio que a día de hoy todavía se encuentra muy alejado de lo propuesto.

En última instancia, frente a las negativas constantes de la cabeza visible del ayuntamiento por no convertirse en “el alcalde que vendió Balaídos al empresario y se lo arrebató a Vigo”, Mouriño ha propuesto alternativas. Ha sugerido comprar su parte (porque sí, amigos, de Vigo es sólo la mitad del campo), y se le negó; ha sugerido otras formas de pago que se le negaron, y ha pedido permiso para construir otro estadio, que tampoco se le concedió. En esta tesitura, habla con otros alcaldes del extrarradio que sí le adjudican lo requerido, y finalmente él pasaría a ser “el presidente que se llevó al equipo de la ciudad”.

No me gusta esa disyuntiva, pero tampoco veo otra solución. Ante notario existe una propuesta de un grupo empresarial chino que ofrece 93 millones por el montante accionarial del presidente. Él lo ha rechazado, dispuesto a seguir al frente si existe un proyecto. Los proyectos constan, pero le son denegados una y otra vez; y él a riesgo de rendirse, venderlo todo y largarse sin más, lo sigue intentando para no dejar al club en manos ajenas. Ya se comió un marrón muy grande cuando en su momento tomó las riendas, y ahora parece volver a las andadas.

Despúes de la última reunión, la semana pasada, la cosa pinta bastante mejor. Abel Caballero parece haber planteado una alternativa explorable por Mouriño, algo que hasta la fecha ni siquiera existía. Hasta la fecha, desde fuera, el aficionado sólo contemplaba, impotente, la pugna por mantener el control, cuando el control debería ser únicamente nuestro. Ningún equipo en Primera (de los humildes) pertenece ya a sus aficionados, aunque quizá siempre lo hagan de una forma simbólica, pasional… y aunque tenga que coger mi coche para subir a Mos a ver los partidos, sé que el Celta siempre será mío; nuestro. Ojalá nunca sea así, las plácidas aguas continúen por este mismo rumbo del diálogo provechoso, y todos alcancemos las cotas de orgullo deportivo que al fin y al cabo, unos y otros, deseamos en lo profundo de nuestro celeste corazón. Sin confrontaciones.

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