Las bufandas

Sánchez Martínez señala el final del encuentro. Tras el gol salvador de Juanmi en el minuto 94, el empate a dos se consolida en el marcador, y a mi alrededor, en Río Alto, apenas quedan ya celtistas respirando la fresca brisa que acaricia nuestra acalorada piel. Las gaviotas recorren el cielo, descendiendo sinuosamente hasta un césped en el que se arremolinan ahora tantos futbolistas como dispares sentimientos. Por un lado, la sensación del trabajo bien hecho: la temporada ha acabado y los objetivos se han cumplido; por otro, la impresión de haber podido llegar a más, y en última instancia la amargura de los que no nos acompañarán en el futuro.

Del partido se podría decir que estuvo a la altura de las circunstancias. De hecho, fue francamente entretenido. El rival todavía se jugaba su entrada por la vía directa a UEL, pero nosotros hace tiempo que competíamos por pura lealtad a los colores, por profesionalidad, por honor. Y lo cierto es que resulta un motivo más de orgullo para los que ocupamos la grada zarandeando nuestras bufandas al cielo de Balaídos. Los jugadores celestes supieron brindarle un final acorde a las expectativas a su más que notable entrenador. Sin embargo, mis líneas no suelen hablar de fútbol.

No me gustaría convertir este artículo de cierre de temporada en una loa a nadie, ni siquiera querría criticar a todo aquel que se merezca una posible crítica. Sí, de ambos bandos (si es que existen los bandos) habría cantidad de argumentos que aportar al respecto. Deseo que esta mi opinión hable de los sentimientos, de las alegrías y las tristezas que al fin y al cabo hemos compartido todos y cada uno de los que, desde dentro del club o desde cualquier parte del mundo, nos hemos posicionado del lado del Celta de Vigo. De nuestro equipo, de nuestro Celta.

Ha sido un año histórico, le pese a quien le pese. Podría haber sido mejor, por supuesto, pero también mucho peor. La plantilla se ha convertido casi sin querer en la que más minutos ha acumulado a sus espaldas en la liga de este país. Las dos semifinales ratifican ese dato, pero también (¿por qué no decirlo?) el haber alcanzado la permanencia hace varios meses. Sigue siendo el propósito primordial de esta directiva que, mientras mande, es la que dictamina el nivel al cual se aspira. Subjetivamente, claro que me encantaría mantenerme cada campaña en lo más alto, pero supongo que es algo inviable para ellos, los jefes.

La temporada ha finalizado, y la que dará comienzo el próximo agosto resulta toda una incógnita. El único dato certero a día de hoy es que nuestro entrenador, Eduardo Berizzo, no continuará comandando este proyecto. El que nos llevó a rozar la gloria con los dedos; el hombre que nos situó en el mapa europeo. Del resto, poco se puede avanzar: Aspas, Mallo y compañía seguirán al frente, pero otros se irán para dar cabida a algunos nuevos. Sin embargo, contemplo a esa gente que me acompaña en Río, y seguro que ellos seguirán allí en la grada, conmigo. Casi no trasciende quién llegue, quién se vaya; porque para bien o para mal los de las bufandas seremos los mismos, siempre.

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