La maldita puerta

En el Staples Center de Los Ángeles, dentro de uno de los vestuarios más poderosos del panorama deportivo mundial, cuelga una frase del fotógrafo y periodista danés Jacob Riis, fallecido hace ya más de un siglo. Decía Riis que “cuando nada parece ayudar, voy a ver al cantero y observo cómo martillea su roca, tal vez unas cien veces, sin que ni siquiera se note una grieta en ella. Sin embargo, al centésimo primer martilleo, ésta se partirá en dos y sé que no será debido al último golpe, sino a todos los que vinieron antes”.

Berizzo adoptó hace unos meses una postura parecida. Él habla de puertas y no de rocas. Está convencido el argentino de que cuanto más se aporree ésta, antes se abrirá. Y que cuando la puerta se abra será el premio a una insistencia encomiable y a una negativa total a dejar de creer. El premio a ser fiel cuando todo viene en contra. El premio a mostrarte al mundo sin artificios ni maquillajes, renunciando a la etiqueta de cenicienta y con la valentía por bandera. Sabiendo que, si caes derrotado mostrando tu verdadera cara, será posiblemente la forma más dolorosa de caer, pero siempre la más sincera.

Derrochó personalidad el Celta. Hizo lo que su gente esperaba. Desafió a los millones británicos, al aura de Old Trafford y se destapó como el equipo entregado que es. Renegó de la especulación y se reafirmó en sus convicciones, ésas que le han convertido en un ejemplo dentro del fútbol europeo. Ésas que dejan impronta allá por donde pasa el equipo. Premió al espectador neutral con una exhibición de osadía y honró al celtista con una exhibición de fe. Porque nadie creía más que ellos. Quizá por eso duele tanto. Y por eso consuelan tan poco hoy los ánimos del resto. El Celta generó varios adeptos ayer pero sólo los que llevan la pasión por sus venas pueden entender semejante frustración. Esa sensación de que ya basta de llorar y sufrir. De que son demasiadas finales perdidas. De que son demasiadas puñaladas inmerecidas. De que ya hemos aporreado mucho la puerta y la maldita no quiere abrirse.

Pero quizá debamos sacar algo positivo mientras nos secamos las lágrimas de orgullo. El legado que deja este proyecto es majestuoso. Una colección de momentos fabulosos que marcan el camino del futuro más próximo. Marcan a un Celta nunca timorato y siempre descarado. Un Celta al que no le vale el argumento de los millones que tenga enfrente, porque se sabe capaz de neutralizarlos con fútbol, sí, y con una fe inquebrantable en una idea. Ganar un título es importante, pero hacer celtismo lo es todavía más. Y hoy, estoy seguro, somos todos más celtistas que ayer. 

Cuando hace tres años Berizzo aterrizó en Vigo, en su primera entrevista a los medios oficiales del club dejaba claro cuál sería su principal objetivo. Contestó sin dudar: hacer que el celtismo se sienta plenamente orgulloso de su equipo. Puede estar tranquilo el ‘Toto’. Nosotros, a su lado, seguiremos mientras aporreando la maldita puerta. Porque, algún día, se abrirá. Seguro que lo hace. Y cuando se abra, las lágrimas de orgullo de ayer se convertirán en lágrimas de alegría, y podremos mirar atrás sabiendo que todo esto, al final, mereció la pena. 

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