Malo será

Miguel Riopa (ed. propia)

El ser humano es sorprendente. Los gallegos todavía más, si cabe. Somos gente ruda, terca, inamovible y albergamos un cierto don para el augurio. Supongo que provenimos de una tierra ancestral tan dada a las profecías y a los cultos paganos que en seguida cualquier situación nos sirve de pretexto para dar rienda suelta a nuestras aptitudes sobrenaturales. Así sucedió la noche del 13 de abril de 2017, cuando el Celta se enfrentaba en Balaídos ante un inédito Racing Genk. Esta es la brevísima historia de una predicción demasiado acertada.

Durante las horas previas… ¿qué digo? Los días o incluso semanas previas al choque, a los celtistas esta cita con la historia les sobrepasó. La cuarta vez que disputábamos unos cuartos de final de UEL (antiguamente UEFA), y quizá la primera vez con opciones reales de alcanzar unas semifinales. Sí, “opciones”, término en el que se engloba tanto lo positivo como lo negativo. Y a la mayoría de aficionados pareció olvidárseles que aún llenando el estadio mucho antes de que se produjera el encuentro, aún llevando al equipo en volandas con recibimientos propios de las grandes fechas… todavía restaría otro partido más por disputarse.

Para bien o para mal, lo de aquella noche no sería más que un primer capítulo de una historia por escribirse, y a muchos se les olvidó. Gozaron desmedidamente de un escenario abierto, de una inercia tan positiva como excesivamente irreflexiva. No se les pasó por la cabeza el futuro inmediato hasta que Jonny y Sergio se convirtieron en posibles (absurdos) jueces de la eliminatoria. Tras su colosal error, el marcador se convirtió en un irresoluto 3-2, que deja la  historia de este particular augurio completamente abierta; si es que no lo estaba ya antes.

¿Y en qué consiste la nefasta predicción a la que hago referencia? A una conversación cuando el ambiente previo al partido no consiguió perturbar mi espíritu. Los ánimos, la confianza y el empuje de todos aquellos que me rodeaban, en un momento dado, provocaron una inquietud en mi interior. Quizá reinaba una seguridad desmedida, un “esto está hecho” que irremediablemente nos conduciría a una titánica decepción para la que servidor no estaba preparado. Así como la temporada puede definirse como muy buena en términos generales, hay detalles con los que mi Celta siempre está dispuesto a entristecerme.

“Si ganamos 6-0, malo será…” dijo un compañero celtista e inequívocamente gallego. Pero yo no creía en ello. Y finalmente el resultado ni siquiera se aproximó a aquel, con permiso de nuestro letal tridente de ataque, pero en cualquier caso mis augurios acabaron por consolidarse. Todavía queda un partido de vuelta en Bélgica por jugarse, y entre medias un choque contra un desahuciado Granada en Liga que podrá significar una nueva oportunidad de asomar la cabeza en el campeonato regular, el cual no deberíamos perder de vista. No sé si pasaremos la eliminatoria, y a día de hoy tengo serias dudas de que la temporada que viene podamos disfrutar de nuevo de vivir en tres competiciones, pero soy celtista. Son galego.

Me agarro a un clavo ardiendo: “malo será…”

 

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