Balaídos y el espíritu de Robben

Seamos realistas: ¿Quién esperaba que Robben consiguiese marcar en la final de la Champions? Todos los medios se hacían eco de su desdicha en las grandes citas, en las que se estrellaba una y otra vez; dos finales de Champions y una del Mundial. El holandés fallaba los uno contra uno, y así comenzaba su partido en Wembley, con el rostro torcido por el gafe. Pero en el último minuto, recogió un balón al borde del área, dejó a los defensas atrás y remató con el tobillo, a lo Mario Bermejo. El balón lloró hasta el fondo de la red. Y la suerte cambió. Apelemos, pues, al espíritu de Robben.

La historia dice que ningún colista a falta de dos jornadas consiguió la salvación. El Celta llegó como colista a Zorrilla, estadio propicio para los celestes en los últimos años, y lo hizo con la obligación de ganar para no descender, arropado por más de mil aficionados que han reiterado su apoyo por toda España a lo largo de toda la temporada. Era una moneda al aire, un vida o muerte en 90 minutos. La primera final real del año.

Antes del inicio de los carruseles radiofónicos, las apuestas de los oyentes dejaban al Celta como el factor común en el descenso. Claro, normal. El equipo que había ido hacia abajo en las últimas jornadas y que ocupaba el último puesto. Era como apostar que Robben no marcaría en la final, sobre todo después de ver cómo se le escapaban las oportunidades más claras, cómo tomaba las decisiones equivocadas y cómo no metía la pierna con fuerza para rematar (o metía la zurda porque la derecha la tenía de madera). 

Ante el Valladolid, a pesar de un comienzo al tran tran, sin demasiada intensidad, fruto del agarrotamiento del ganar o morir, el equipo se hizo con el control del partido y logró adelantarse antes del final de la primera parte. Todo lo que podía salir bien, salió bien. Los resultados acompañaban y el Valladolid no mostraba a penas intensidad. Incluso la tragedia de la lesión de Javi Varas regaló una gran noticia. Salió Rubén Blanco, que desde la distancia tenía un aire físico con De Gea, un chaval de 17 años sobre el que soportar las posibles acometidas. Y brilló. Ante Manucho, cerró la portería en su primera intervención. No hay mejor noticia para un portero... ni para un aficionado. 

Aspas cerró el partido al comenzar la segunda parte de penalti. Sí, de penalti. Si el primer gol venía de un par de córners casi consecutivos y se obraba el milagro de que Cabral rematase dentro de la portería (ni el defensa ni los córners han sido buenos amigos del gol esta temporada), el segundo venía después de que al Celta le pitasen un penalti. En fin, ese pequeño soplo de suerte tan necesaria para lograr la salvación aparecía en Zorrilla. Y el Celta regaló el balón y jugó al contragolpe. Pudieron llegar más goles, y Rubén volvió a maravillar con una estirada brillante. 

Yo, en una extraña ensoñación, veía a Robben cerrando los puños con fuerza al lado de cada jugador del Celta, subiéndose a las vallas de publicidad alentando a la afición. El primer paso de la final estaba dado; victoria y resultados favorables. Lástima Osasuna (y enhorabuena y todas esas cosas desde aquí...), porque cuántos más equipos estuviesen involucrados, más posibilidades de permanencia hubiese tenido el Celta. 

Y quedan los últimos minutos de la final. 90, concretamente. A expensas de lo que pase en otros campos (Riazor, principalmente), pero con la obligación de ganar. Aferrados a un nuevos espíritu que nos debe llevar en volandas: el espíritu de Robben. Balaídos estallará con transistores chivatos y por qué no pensar en esa frase manida de “las estadísticas están para romperlas”. Seamos realistas en el sentido más ámplio de la palabra: la Real se juega la Champions y el Celta la permanencia. 

Pase lo que pase, sea cual sea el resultado, habrá que hacer una revisión crítica: cosas mal hechas y cosas bien hechas que se mantendrán alejadas del desenlace final. Pero mientras, disfrutemos del porcentaje de mantenerse en Primera. Robben no perdió la fe. Nosotros, muchísimo menos.  

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