Los sueños de Giuseppe Rossi

Tras los ojos grisáceos de Giuseppe Rossi yace la carga de una irremediable decepción. Incluso en los instantes de felicidad, se atisba que la causa por la que lucha existe únicamente en el pasado, y que agotada la última posibilidad de realización, ha alcanzado una honda serenidad. Esa mirada es la consecuencia de una horrible e indiscriminada ley universal, una especie de equilibrio cuántico que define el éxito a través de la escasez; Rossi es el paradigma de que para que uno cumpla sus sueños, otro ha de verlos perecer y vivir con ello.

Hay una razón por la que todos queremos a Pepito. Cada día vuelve a confiar en el cuerpo que otrora le traicionó e impidió que se alzara como grande entre los grandes. Cada día se entrega con profesionalidad, sin importar la ambición incolmable, sin dejarse arrastrar por el fantasma de todo aquello que le prometieron y nunca llegará. Cada día, por más que se exponga a revivir el calvario de una genética puñetera, intenta recuperar el físico de una época que siempre será mejor. 

Es jodido asumir que esperan grandes cosas de ti, y terrible es nunca alcanzar las expectativas. Por eso es fascinante observar a Rossi sobre el césped, porque en uno brota orgullo al verlo realizar esos quiebros tan audaces. Con cada giro de rodilla vuelve aquel bambino que iba a comerse el mundo con una camiseta amarilla en 2011, o aquel letal delantero que iba a ser el buque insignia de Italia en el Mundial de 2014 antes de romperse por segunda vez. Y aquí está en 2017, para goce de la parroquia de Balaídos, aportando lustre al Celta; ejemplar y comedido, alzando las manos hacia un cielo al que no debe nada y al mismo tiempo debe todo. 

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