Volver de Vitoria

A todo o nada. Sabíamos a lo que nos enfrentábamos, notábamos ese vértigo. La derrota pareció confirmar lo que en el fondo sabíamos que iba a ocurrir. Lo que ninguno podía intuir era el partido tan desastroso que firmarían los nuestros y, ahora, la confianza en ellos parece debilitada. Volver de Vitoria sintiéndose defraudado por quienes nos regalaron la ilusión, lanzarse a la carretera con tremenda decepción, es demasiado castigo para quien portó los colores y los cánticos del Celta en tierras extrañas. Fue un desempeño injusto, una cita en la que el conjunto dirigido por Berizzo no estuvo a la altura. Y pese al abatimiento, y pese al inevitable rencor por dejarnos desamparados, no hay motivo para no renovar la confianza en este grupo humano con el que compartíamos el peso de la ilusión.

El plantel celeste carga ahora con el deber incumplido, con el arrepentimiento y la culpa. Si algo alejó al Celta de la final, fue la falta de preparación mental. Esos muchachos repasarán en la cabeza destellos del nefasto choque en Mendizorrotza, comprenderán que les faltó iniciativa, que adolecieron de la concentración exigible, y volverán a prepararse para el siguiente encuentro; nada más espera a quien dedica su vida al deporte. 

En cambio, quienes seguimos al Celta lo hacemos de forma paralela a nuestras ocupaciones. Ellos nos mirarán esperando perdón, esperarán lo que haga falta con tal de redimirse sobre el campo. En nuestra mano está, pues, el que recuperen la confianza y puedan aprovechar esta dolorosa experiencia para aprender. Nada más es el dolor que un sesgo evolutivo que nos recuerda que hay que alejarse de lo que nos puede hacer mella. El camino no acaba aquí: todavía es febrero y queda media temporada por delante, con la fase decisiva de la Liga y de la competición europea, donde no tenemos nada que perder.

Por segundo año consecutivo caemos en semifinales de Copa. Estamos ahí, como estamos en Europa. Con perseverancia ningún objetivo puede resistirse. La derrota y la decepción son el peaje de llegar alto; de otra forma, el éxito no tendría valor alguno. El mero hecho de alcanzar este umbral de ilusión y de tristeza debería ser ya un motivo de orgullo. Volvamos a confiar para alcanzar gestas mayores, este domingo, el próximo jueves, así hasta que ya no quede ni una opción. Que el rencor no se torne en culpa por haber abandonado las filas cuando aún quedaba un mundo por pelear. 

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