Inercia Bíblica

 

“[…]y fue el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron, y alzaron el arca, y se elevó sobre la tierra”. (Génesis, capítulo 7, versículo 17)

 

            Un agnóstico declarado como el que suscribe (fui ateo en su momento y lo dejé, al igual que las drogas), sin bautizar siquiera, comienza este artículo con una cita de La Biblia. Qué irónico. Aunque intentaré no serlo, no prometo nada a partir de este punto. Un inicio como el citado cuenta con una justificación absoluta: en el primer partido de las semifinales de Copa, Balaídos fue el arca divina donde los celtistas nos refugiamos del diluvio. Y no, no creo estar forzando el símil, puesto que lo visto sobre el césped pareció más un pasaje de La Pasión, por el sufrimiento, que un simple partido de fútbol.

Pero hablemos de Mostov… Dios, hablemos de Dios. El ser omnipotente, omnipresente y omnisciente que castiga a la humanidad con la lluvia torrencial durante cuarenta días por sus malos hábitos. Por sus pecados. Algunos de ellos los cometió el ‘Toto’ Berizzo esta noche: la avaricia, ambicionando cada competición una vez más; la gula, al alimentarse con la ilusión del celtismo; la ira, que demostró en el envite final además de su orgullo… quizá no pecó de soberbio ni de perezoso, pues la virtud de no perpetrar esos pecados lo llevan muchas veces a golpearse con su defecto. El exceso de humildad que se traduce en demasiado respeto hacia el rival, y su intenso trabajo y estudio de cada partido, que nos arrastra al desconocimiento del arte de la improvisación.

Berizzo es, más que Noé, nuestro Jesucristo particular. Y discúlpenme la blasfemia, pero tal y como al hijo de Dios no se le discutía nada, tampoco seré yo el ponga en duda la palabra del ‘Toto’. Planteó un partido excesivamente santo, y la iluminación en defensa despojó de luz al tocado por el divino, Aspas. El nuevo ‘elegido’ del celtismo lo intentó por todos los medios, ayudado por sus compañeros, pero la inspiración jamás se tradujo en gol. Y el diluvio caía con más y más intensidad cada minuto, alzando el arca celeste por encima de un Alavés que acabó ahogado bajo la presión rival. Y el empate acabó por consagrarse. Y la eliminatoria se mantuvo abierta al menos una semana más. Lástima.

Sin embargo, sigo manteniéndome en el lado del agnosticismo ante lo que se nos viene encima. Algunos serán profundos creyentes en lo que este equipo puede llegar a conseguir. Otros, ateos, no creerán en nada hasta que no lo vean con sus propios ojos. Lo que me separa de ambos es la esperanza: el estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. Para los cristianos, la virtud teologal por la que se espera que Dios dé los bienes que ha prometido. Nos prometieron un título ya hace más de 15 años que nunca llegó. Agarrémonos todos a esto. Quizá sea el momento por fin de aprovechar esta milagrosa y sagrada inercia.

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