De infamia y complacencia

Este Celta de mitad de temporada se mueve entre dos aguas. Dos vertientes futbolísticas reflejo de una bipolaridad diagnosticada. Es como un enfermo que, lo mismo se levanta de buen humor, como se encierra en su cuarto fruto de una depresión de caballo. Un día, ritmo alegre, velocidad e intensidad; otro, apagón general, juego ensombrecedor y tristeza a raudales. Entre ambas facetas, los dichosos reslutados. 

 

En Pamplona el Celta tiró de su versión triste, la de un equipo que no ha decidido quién quiere ser ni qué quiere hacer en esta temporada. El guión, vamos, de los partidos que se juegan fuera de Balaídos. Los desplazamientos están siendo la cara amarga y más difícil de tragar para los aficionados. Ni la victoria en Zaragoza ni el sabroso empate en Málaga, solo la imagen presente de derrotas de carácter infame que ha cosechado en campos ajenos. 


Nunca se pierde por más de un gol (salvo en el Bernabéu y Camp Nou, que no son referentes para analizar el juego de un equipo), pero el aspecto de boxeador noqueado que se arrastra por la lona no se lo quita nadie a este Celta. Y hay tanto de análisis táctico como de estudio psicológico para lograr un poco de claridad. Y como se suelen buscar culpables, todos tienen su parte de la tarta. Los porcentajes, a la discreción del consumidor, por su puesto, pero eso no quita que la revisión de la situación tenga que ser lo más realista y objetiva posible. 


Herrera es cabeza de turco e imagen de los golpes que recibe el equipo por su labor de entrenador. Pero fuera de las alineaciones y planteamientos, responsabilidad que va con el cargo, me preocupó escucharle decir una de esas frases que dan escalofríos. “La culpa es del entrenador”, dice en tercera persona sobre sí mismo. Aceptamos el discurso, que parece variar desde el que presentaba a principio de temporada, pero constituye la pata rota de una mesa que empieza a preocupar a los comensales que quieren disfrutar de la comida. Ante Osasuna, buscó en Cabral a su mariscal defensivo en el medio, cuando Borja hoy no está para muchos trotes creativos de medio campo para adelante; mandó al islote habitual a Aspas, que no estaba en plenas condiciones, solo asistido con su lucha por Bermejo, que no está para completar un partido de intensidad (aunque su trabajo suele ser inconmensurable); tardó en sacar a Alex López para pausar un juego directo de Osasuna que estaba generando demasiados problemas; y terminó con Park perdido por la banda izquierda, tratando de trazar diagonales con balón, buscando pocos desmarques y errando casi siempre en las decisiones. Es verdad que había bajas y que el fondo de armario no es boyante, pero las excusas empiezan a sobrar cuando te asomas al abismo.


En el debe de Herrera hay cosas apuntadas, pero el ámbito psicológico que mencionaba antes hay que anotárselo a los que pisan el césped. Esa cara alicaída se refleja con demasiada intensidad en los jugadores. En Vigo, se habla mucho de la complacencia que está teniendo la grada con este Celta, reflejado en el total apoyo de Balaídos. Creo que es fruto del golpe de realidad que hemos vivido los últimos cinco años, vagando por Segunda; ya sabemos qué es estar abajo y cómo no queremos ver al equipo. Es complicado que, a corto plazo, volvamos a vivir lo que fue el Celta hace diez años, así que hay que disfrutar del objetivo que toca ahora. Dicen que no hay Liga... Sí, está por abajo y muy apretada. Y eso hay que verlo reflejado en el césped. 


La llegada de Orellana debería fijar cómo quiere ser el Celta. Soy de los que confía en que, el juego de la temporada pasada, el chileno y Aspas con libertad para desmembrar defensas, es más posible en Primera y tanto o más efectivo. Pero no se ven trazas para que esa sea la tónica fuera, visto el juego y las alineaciones lejos de Balaídos. Sólo una buena terapia para fijar la personalidad del equipo, la misma sea donde sea, parece la solución. El balón, para los que saben jugarlo, y el Celta tiene, al menos, media plantilla que conoce qué hacer con él en los pies, no volando por el cielo de los estadios ni atascándolo en el barro de la lucha física más propia de otros equipos. 


Cambio de actitud, esperanza de los aires nuevos que llegan a la plantilla. Consolidar táctica y psicología, fijar un estilo y hacerlo eficaz por la mera creencia en que es lo que hay que hacer. Próximos capítulos, Valencia y Getafe. Y en manos de Herrera y los jugadores para que nos alejen de la infamia y justifiquen la complacencia. 

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