Refutando a Murphy

Ya es lunes otra vez. No suele ser una jornada propicia para las desgracias, los sobresaltos, los desánimos, puesto que es ese fatídico día que da comienzo a una nueva semana. Acudimos alicaídos al trabajo, deprimidos… esta vez no nos alumbrará un festivo en mitad del trasiego laboral. Tenemos que aguantar a nuestro jefe (o superior), y para más inri, anoche nuestro Celta no nos ha dado una alegría. Es más: de hecho nos ha regalado un disgusto de narices. Ahora debemos tratar de levantar el ánimo, y para ello, habrá que dejar los análisis técnicos-tácticos a un lado y hablar de problemas psicológicos. Pero claro, es que “si algo puede salir mal, saldrá mal”.

Si os dijera que las llamadas “Leyes de Murphy” no son ciertas, tal vez no sería una novedad. Pero si, además, os asegurase que quienes viven creyendo en ellas pueden tener una vida más complicada que quienes no lo hacen, posiblemente obtendría vuestra atención. La psicología llama a esto “prejuicio cognitivo” y los científicos lo han comprobado hasta con demostraciones matemáticas. Más allá de la historia, lo cierto es que en su trasfondo este tipo de leyes pueden ser útiles para cualquier desarrollo de estrategia defensivo, como por ejemplo en el fútbol. De este modo se evalúan de antemano todos los posibles errores que los equipos puedan posteriormente cometer. Sin embargo, suponer que algo pueda suceder no implica que efectivamente suceda, y está demostrado que aplicar esta ley en los diferentes aspectos de nuestra vida cotidiana o de un partido de fútbol puede conducirnos a muchos problemas, ya que implica un continuo sentido pesimista de la existencia.

Creo que Eduardo Berizzo (y, en extensión, el propio Celta) anoche sufrió un ataque severo de “Ley de Murphy”. Pero no lo achaco a un simple giro aciago del destino ni a un planteamiento pesimista del encuentro en Villarreal por parte de ningún responsable directo, sino a una simple diarrea psicológica de tamaño colosal. Ante un equipo que, siendo francos, aprovechó con una eficacia letal lo poquito que le concedieron, el Celta se desintegró en apenas tres jugadas. “La tostada cayó del lado de la mantequilla”, sin más. Como contra el Barcelona hace dos semanas, puede caer alguna vez del otro lado, sí, pero lo más frecuente es que suceda lo que ayer contra El Submarino. Sopapo a manita abierta.

Una eventualidad tan negativa como esta lleva consigo una determinada información que siempre es más infrecuente que un evento neutro. Sin embargo, nuestro cerebro tiende a recordar más esta información porque se desvía de lo estándar. Por lo tanto, sumado esto al continuo sentido pesimista del celtista medio, hace que al mirar hacia el pasado sea más fácil que recordemos las situaciones negativas antes que ninguna otra (por ejemplo “el Celta no es el mismo sin Nolito”). Que el cataclismo de anoche no nos conduzca ahora a percibir el futuro de una manera errónea: el equipo sigue siendo el mismo de siempre, y probablemente, aunque todavía tenga mucho que mejorar, nos regalará más alegrías que tristezas esta temporada.

De hecho, el ‘derbi’ está ya a la vuelta de la esquina, y previo paso por UEL, soy gratamente optimista de cara a esta semana. Es porque mañana ya es martes y faltará menos para disfrutar de nuestro (verdadero) Celta. En resumen, lectores celtistas, que me perdone Murphy pero, salvo cuando tengamos que enfrentarnos a tres competiciones sin activos por culpa de las lesiones u otras circunstancias a las cuales no me voy a anticipar, siempre trataré de albergar un cauto optimismo acerca del futuro y no pensaré que todo (como ayer) va a salir mal.

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