El último eslabón de la cadena

Escribo esto, hoy sábado 24 de septiembre, aliviado.  Por ahora, el Celta no me ha llamado para informarme a cinco días vista que el próximo jueves no podré ver el choque ante Panathinaikos en mi asiento de Río. Vivo en Madrid y lo de acercarme a las oficinas del estadio para que yo gestione un cambio -del cual no tengo culpa- me pilla un poco a desmano.

Este revuelo de la reubicación de socios es simplemente una pedrada más que confirma lo que muchos llevamos intuyendo desde hace un tiempo: el Celta no es un club serio. Y a poco que aprietes, se le ven todas las costuras. Un club serio no despacha a sus abonados afectados por esta reubicación con un “si queremos Europa, esto es lo que hay”, justificación que le dieron a Salvio García, tal y como recogió La Voz de Galicia, tras habérsele comunicado el cambio de sitio. Saben que pueden contestar así a un socio sin apenas sufrir consecuencias. "No es ético", señalaba Adrián Morales. ¿Para qué mimar al abonado, si va a seguir ahí, pagando año tras año sin pedir nada a cambio? “Con la mochilita que les damos con la renovación tienen mimos para todo el año”, pensarán. Se ríen en la cara de sus socios porque saben, o creen, que por muchas faenas que les hagan, ahí seguirán.

El abonado puede entender las incomodidades propias de una obra. Son naturales y siempre habrá afectados. Pero la labor del club es que ese socio sufra lo menos posible. Ofrecerle soluciones. Compensarle de alguna forma. Que se sienta respaldado. Más allá de que haber pagado por un asiento que no podrá usar, es la entidad la que debe anticiparse y facilitarle la gestión. ¿No conocían estas exigencias en junio? ¿Había que ser ingeniero de la NASA para tener un plan B preparado desde hace cuatro meses por si Balaídos no llegaba a tiempo al debut europeo? Pero esto requiere trabajo, claro. Trabajo, ambición y profesionalización.

Déjenme, entonces, que no sólo mencione al descaro en el trato y al mercantilismo del fútbol actual como culpables de las quejas de la afición. Hay mucha dosis de falta de profesionalidad. De hacer las cosas mal y cien veces mal. Casi diría que al final es el ser serios o no, el ser profesionales o no, la raíz del problema. Y al Celta, el asunto Europa le ha venido demasiado grande. Desde hace tiempo el club trabaja mal. Lentos, opacos y anclados en otro siglo. En Segunda valía. En Primera se te ve el plumero. Y ya en Europa estás desbordado y expuesto. A una semana para debutar en Lieja, el Celta negociaba para contratar a una persona dedicada solo a Europa, ya que el resto de trabajadores veían el reto como inabarcable. A una semana.

Precisamente, las entradas para Lieja destaparon más deficiencias. Que si solo Federación de Peñas, que ahora rectifico y yo también vendo porque nos inundan las llamadas,… El Celta anunció un viernes que al día siguiente pondría las entradas a la venta para el Standard-Celta. El sábado, nadie en las taquillas sabía nada al respecto. Ni a las 10 de la mañana ni a la 1 de la tarde. Siendo el partido el jueves, y a pesar del revuelo generado, el domingo cerraron las taquillas. Todo un ejemplo de comunicación interna y profesionalización de un club con más de 50 años en la élite nacional.

¿Y no da explicaciones el presidente? No. Nunca las ha dado ni las dará. La transparencia de Carlos Mouriño no es precisamente su mejor virtud. Sólo habla cada seis meses y tiene una peligrosa tendencia a tergiversar y a no decir toda la verdad. Justifica la bajada de socios en el año deportivamente más ilusionante de la última década, justificó el redondeado al alza con un “no es operativo trabajar con tantos decimales” y justificó en su día una campaña de abonados sangrienta en los precios y con una puesta de largo más propia del Casa Paco que de un club de Primera.

Porque en el márketing también se nota que el Celta está a años luz de ser un club serio. Sus camisetas para esta temporada, siempre guardadas con recelo, se filtraron por la red antes de ser presentadas. Algo hasta comprensible y que ocurre en muchos clubes. Pero lo sorprendente esta vez es que se pusieron a la venta en varias tiendas de la ciudad antes de que el Celta las presentara, lo que obligó al club a suspender el acto de presentación para evitar el mayor de los ridículos. Y no se quedó ahí. Tras la marcha de Citroën, el club tardó tiempo en anunciar su nuevo patrocinador y se vendieron camisetas sin sponsor. Además, la tercera equipación se puso a la venta tras el debut europeo exigiendo un pago extra de seis euros para incorporar el parche de la Europa League.

Los precios para que los no abonados acudan a Balaídos a ver el derbi son otra locura más. De 70 a 110 euros. Deben estar contentísimos en Plaza de España con la asistencia media y consideran que lo mejor es no llenar más el estadio. Especialmente tras el último partido en Balaídos ante el Sporting, al que acudieron apenas 14.500 personas. 6000 más acudieron en el norte de Galicia con el mismo horario. Evidentemente entran más factores: fidelidad de la afición, publicidad, imagen, trato, márketing,… Áreas casi inexistentes en el Celta. Al final, señor Mouriño, no todo va a ser culpa del Concello, de Balaídos y de sus obras, por más que insista.

Podríamos seguir así hasta mañana. Gota a gota, prueba a prueba de que el maltrato continuo del Celta hacia su abonado reside en el descaro y mercantilismo, pero especialmente en la nula profesionalización de un club que pronto cambiará de manos. Un club que insiste en seguir manchando una reputación ganada de forma merecida y que sufre el desgaste provocado por varios años en los que el abonado ha sido siempre el último eslabón de la cadena.

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