Bochorno

Apuntaba maneras el bochorno arbitral esta temporada, pero pocos pensábamos que llegaría a estos límites. Hoy ha sido Teixeira Vitienes el que ha dado la puntilla a un Celta virtualmente de Segunda. Corría el minuto 83 de partido cuando Augusto puso un balón de libre directo desde la derecha. Túñez entró por el segundo palo y remató a bocajarro haciendo un golazo que ponía las tablas momentáneas. Sin embargo, y para sorpresa incluso de los béticos en el Benito Villamarín, el asistente levantó el banderín señalando fuera de juego. Incomprensible, habida cuenta de que el central venezolano tenía hasta ¡¡3 jugadores!! del Betis por delante, con una distancia de más de cuatro cuerpos. Era ya el enésimo error de un colectivo que parece apuntar siempre con sus fallos hacia el mismo sitio.

Todos partimos de la base de que la gran mayoría del colectivo arbitral está formada por ineptos. Son malos en Europa, en Primera y ya ni digamos en Segunda. Pero resulta cuanto menos curioso que una gran parte de esos "errores humanos", como ellos les llaman, sucedan siempre en la misma dirección y en los momentos cruciales del campeonato. Y es que lo ocurrido hoy en el Benito Villamarín es una muesca más en el revólver que teledirige, desde el más profundo oscurantismo, el mafioso Sánchez Arminio. 

No recordaré ni haré aquí una lista de la ingente cantidad de errores evitables que han perjudicado al Celta durante esta temporada. Simplemente echaré la vista unas semanas atrás, cuando los vigueses empezaron a definir de forma decisiva su devenir en este campeonato. En Mallorca, Gil Manzano, un habitual en estas lides, se comió dos penaltis a favor de los de Resino, que acabarían cayendo en el minuto 92 de partido. En el Ciutat de Valencia sería Muñiz Fernández el que indicó la pena máxima a favor del Levante después de que Jonny soplara sobre la nuca de Acquafresca. El pasado miércoles, el hermano del consabido Teixeira Vitienes -uno ya no sabe cuál de los dos es más lamentable- dio como legales dos goles del Atlético en fuera de juego. La lista podría seguir, y durante varias líneas, si empezamos a analizar uno a uno los partidos disputados desde agosto. 

Mientras, en el Celta, el mutismo es total. Siempre lo ha sido. Para cualquier tema. No se han dignado a dar un puñetazo encima de la mesa. Es un club que se caracteriza por esconderse siempre, por no dar la cara jamás. Fracasaron en la planificación del equipo en verano, siguieron metiendo la pata en invierno llevando la contraria a Herrera y, para ponerle culmen a un año terrorífico, hicieron que el entrenador que les llevó a la gloria saliera por la puerta de atrás maltratado. Y no hablo ya de sus equivocaciones continúas y permanentes con la afición. Lo cierto es que nadie, en ningún momento, salió a pedir disculpas o, por lo menos, a dar explicaciones. Es lógico entender, viendo esto, que tampoco hayan querido pronunciarse en el tema arbitral, donde los olívicos han sufrido un acoso y derribo constante. Hablar más alto de lo normal iría contra su extraña política de comunicación. 

Y ojo, es conveniente señalar que el Celta no desciende por culpa de la inutilidad, o inutilidad forzada, del colectivo arbitral. Desciende por méritos propios. Ha completado una temporada nefasta a todos los niveles. El verano fue malo en Plaza de España y eso se notó, y de qué forma, durante los nueves meses de competición. Un equipo descompensado, inexperto y carente de actitud y aptitud en las dos áreas. Un vestuario roto al que el cambio de entrenador no le sentó nada bien. Se renunció a un estilo y a partir de ese momento empezaron a crecer los enanos. El desenlace es el esperado. Una pena que tengan que ser los árbitros los que de nuevo den la puntilla al Celta en una maraña de equipos, los que luchan por salvarse, impropios de Primera División.

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