Carta abierta

celtavigo.net/ed. propia

A la atención del Real Club Celta de Vigo S. A. D.

Es 25 de abril del año 2016. La amarga fatalidad de la muerte ha golpeado a mi familia hace menos de cuatro días. Un ser muy querido se nos ha ido, y con el trajín que suelen acarrear este tipo de disgustos aciagos, he pasado el fin de semana sin prestar atención a otra cosa. Infeliz, desorientado, ausente. He sido incapaz de desconectar ni tan sólo un minuto para perderme en la frivolidad de la vida cotidiana, para ver lo que había ocurrido más allá de la tristeza. He tenido que esperar a esta mañana para que fueran los míos, los que me conocen bien y todavía están aquí, quienes me animaran a consultar las noticias y visitar Balaídos esta noche en la búsqueda de la ansiada “normalidad”.

Qué complicado ha sido. En esta ocasión subía por las intrincadas escaleras de Río sin ese hormigueo que suele preceder a los partidos. Había sido sustituida por otra cosa. Por un lado, seguía sin olvidar el drama y todo lo sucedido estos días. Por otro, albergaba la esperanza de disfrutar el encuentro como suele ser habitual y que esos tipos vestidos de celeste me hicieran sentir feliz. En el medio de esos dos sentimientos, se asentaba la contrariedad: ¿cómo debería encontrarme? ¿Cómo dejar atrás las penas en pos de una cuestión tan banal como este nimio deporte? ¿Acaso soy un insensible? Las pocas palabras que existen y pueden definir la inestable mente humana quizá no hagan justicia a todo aquello que a uno se le pasa por la cabeza en instantes así.

Da comienzo el partido, y mi equipo ya está matemáticamente entre los siete mejores del país. Cuando termina, somos quintos. Después llegaría la perturbadora jornada de San Mamés, y anoche recuperamos el puesto ante el Málaga. Es el día 9 de mayo. Los días han pasado y la herida se va cerrando. Poco a poco. Con dolor. Siempre quedará esa cicatriz, el recuerdo de un revés más de esta vida que tendrá que ser indudablemente sustituido por los recuerdos que en verdad merecen la pena. Y es mi equipo, ese que va de azul celeste, uno más de los que contribuyan a que esto ocurra. Este novedoso júbilo, del mismo modo que inunda mi corazón, se propaga por la ciudad. Uno que no reconocía desde hace más de 10 años.

Por aquel entonces tenía 17. Era poco más que un niño, y a mi lado estaban muchos de los que ahora se me han ido. Sin embargo, el Celta era el Celta. Un equipo humilde pero ambicioso, cuya filosofía radica siempre en el “noble xogo, afouteza e corazón”. Disfrutar de Europa en aquel momento era como beberme un refresco en una calurosa tarde de verano. Hoy en día es más como una sopa caliente en el húmedo e incontestable invierno de esta hermosa localidad. También me acompañan personas distintas, caras nuevas que convierten el sufrimiento en alegría. Se llaman Mónica, Alejandro… pero también Nolito, Aspas… y Berizzo. Que ya conocía en aquella época, pero que ha vuelto para ponernos donde debemos estar. Con una jornada todavía por delante, hemos podido celebrar una muy necesaria fiesta.

Y por mitigar el dolor, por hacer de este mes algo mejor de lo que (en principio) debería ser; por lograr que me reencuentre con sentimientos pasados y redescubra muchos otros con los ojos de un adulto, por lograr arrastrarme de nuevo a la Plaza de América… por todo ello, gracias. Gracias, señor Carlos Mouriño. Gracias, míster y equipo. Gracias utilleros, delegado y demás trabajadores del club. Gracias por este maravilloso año de fútbol, Celta de Vigo. Pero principalmente, gracias por ser “lo más importante de todo, de las cosas menos importantes”.

¡Hala Celta!, nos vemos en Europa.

 

Dedicado a Fernando Martínez, QEPD

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