Cada vez más cerca

“[…]Las apariencias engañan, lo que me lleva a pensar en el motivo por el que estamos aquí. No estamos aquí porque seamos libres... Si estamos aquí es porque NO lo somos. No existen motivos para huir ni hay razones para negar el objetivo porque ambos sabemos que sin un objetivo no existiríamos”. Hoy no me siento capaz de hablar de fútbol. La situación me deja sin palabras. Este diálogo que muchos calificarían como pretencioso y carente de profundidad es de mis favoritos en la historia del cine. Y resulta que la reflexión que me gustaría hacer sobre mi equipo en esta ocasión gira en torno a este concepto: el “objetivo”.

Porque, como prosigue el malvado personaje de la película, “es el objetivo lo que nos ha creado. El objetivo nos vincula. El objetivo nos motiva, nos guía, nos mueve. Es el objetivo lo que nos define. El objetivo nos mantiene unidos”. El Celta de Berizzo empezaba la temporada con un claro objetivo: la permanencia. Esa era la meta consustancial. No podíamos arriesgarnos a mirar mucho más arriba, aún viniendo de dos temporadas en las que habíamos acabado novenos y octavos respectivamente. Al presi no le gustaba mojarse: “entre los diez primeros”.

Recuerdo con cierta simpatía mi pesar “todavía no aspiramos a Europa”. Lástima. Pero lo cierto es que hacía menos de dos años que nuestro regreso a la máxima categoría se había consolidado. Había que guardar las formas: “tranquilidad”. Cada temporada que pasaba, nos veíamos abocados a repetir objetivo si nuestro deseo era crecer como entidad, puesto que también (hacía muy poco) habíamos rozado la desaparición con la Ley Concursal. Increíble, sí; manido, cierto: pero cuanto más lo repitamos menos nos costará recordarlo en los momentos malos.

 

Este equipo que se mantiene impertérrito en su plaza con tan sólo otros cuatro por encima, en una liga en la cual le superan prácticamente todos en inversión económica, ha sido construido desde el dolor. Desde las penurias acaecidas después de un noble pasado. Un equipo que jamás debe olvidar sus orígenes para poder plantearse con firmeza sus futuras metas. La de este año, como digo, era una que a día de hoy está más que superada. Ahora el objetivo es otro: Europa. Y tanto a los jugadores, como a la entidad, como a la afición, hablar de ello hace que sus rostros se iluminen. La comunión es tan fuerte como el deseo por lograrlo.

Y nada de esto sería posible sin un líder. Digo más: sin un líder en cada parcela. Desde la directiva hasta sobre el césped. Sin embargo, uno de esos líderes brilla por encima de los demás; discretamente y haciendo gala de su enorme talante, nos está llevando a todos de la mano a reencontrarnos con el mayor objetivo. El míster, Eduardo Berizzo, es ya uno de los entrenadores celestes con más puntuación porcentual en la máxima categoría del fútbol nacional. A él, con sus errores (sí, que los tiene, como todos) y sus aciertos, es a quien debemos dar las gracias por haber trastocado nuestro propósito inicial en pos de algo tan hermoso.

Ahora que estamos ya a tan sólo seis jornadas de que acabe esta excelsa temporada, siento cierta pena. Porque hemos tenido que frotarnos los ojos de incredulidad en muchas ocasiones con lo que estos jugadores nos han regalado. Hemos renunciado a la mediocridad para derrotar a equipos a priori muy superiores. Tampoco hemos hecho ascos a los menos agraciados. El Sporting, en su feudo, ha sido el último en sufrir nuestro electrizante juego. Nolito ha vuelto, y tendrá que seguir siendo él mismo estas jornadas para lograr que pasemos una preciosa noche en la Plaza de América. Y no sólo el gaditano, sino todos unidos. Nosotros, ellos. Ya casi lo tenemos, cada vez estamos más cerca.

Cada vez más cerca… del objetivo.

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