La maldición de Iago

“Otra vez”, me lamento mientras camino hacia los vestuarios. No logro entender lo que pasa. Ya son seis los derbis que he jugado, y esto es lo máximo que he conseguido tan sólo en dos ocasiones: empatar a uno. El resto, todo derrotas. Me cuesta creer que, un emblema del celtismo como yo todavía no haya conseguido vencerlos ni una sola vez. De hecho, el año pasado, cuando vivía mi aventura por tierras andaluzas, los míos eran capaces de ganar los dos encuentros con relativa facilidad. Algo extraño ocurre aquí.

Menuda primera parte. Salimos al campo ilusionados, con ganas. El ambiente era propicio, jugábamos en casa y la grada nos apoyaba. Durante el calentamiento, el apoyo incondicional de los nuestros auguraba un buen resultado. En la semana previa partíamos como favoritos, y así lo reflejaba la tabla clasificatoria. Todo aquello se diluyó en cuanto Fernández Borbalán pitó el inicio del encuentro. El Deportivo nos quitó la pelota, nos relegó al papel de ‘secundarios’ en nuestra propia casa. Yo corría y corría en acciones individuales vanas, que sólo me hacían pensar que quizá otra vez se repetiría lo de siempre.

En el descanso, el míster reordenó el desaguisado. Nolo había aparecido para equilibrar el resultado, pero nuestro juego habitual seguía brillando por su ausencia. Vaya suerte tener con nosotros a este compañero que cada vez que aparece, crea magia. Yo lo intento, pero de nuevo en esta ocasión iba a ser uno de esos partidos en los que ni me aproximo a ello. Como digo, el míster colocó a los hombres del centro del campo con audacia, y el fútbol comenzó a fluir. No era difícil mejorar lo visto en la primera parte, tras prácticamente haber tocado fondo.

 

“Tiene que ser una fuerza superior, paranormal”, reflexionaba cada vez que fallábamos un pase fácil, cada vez que intentaba un tiro lejano sin ni siquiera intimidar a un portero suplente de cuyo nombre no quiero ni acordarme. Las cosas no salían, ni a mí, ni a casi ninguno de mis socios habituales. Fabián erraba jugadas que ejecuta sin problema cada fin de semana, y Theo, allá a lo lejos; bueno, hacía lo que podía… Algo nos atenazaba, y ni con la expulsión de un deportivista conseguimos imponernos.

¿El campo estaba pesado? ¿El “virus FIFA” quizá? ¿O simplemente una mala tarde? A lo mejor soy yo. Recuerdo con cierta nostalgia tiempos pasados más duros. Cuando era un jugador más volátil, con un carácter algo más explosivo, y los periodistas calentaban los derbis en la semana previa. Allí, hacía declaraciones que encendían la mecha de la afición rival, e incluso llegaban a contaminarme a mí mismo. Allí forjé esa repulsión imperiosa con las que muchos “turcos” me miran en la actualidad. Y esta es terra de meigas, es posible que alguno me haya condenado a no conocer jamás la victoria ante el eterno rival. Un ‘mal de ojo’. Una maldición, sí, al fin y al cabo.

Al menos esta pesadilla ya ha quedado atrás. La realidad es que ellos tienen 37 puntos y nosotros 49. Ellos ni siquiera están “salvados” aún, y nosotros aspiramos a la Champions. Champions. Algo increíble para un equipo tan humilde. Humildes, pero orgullosos, con ambición, buen juego y voluntad. La voluntad de mirar siempre hacia arriba en pos de alcanzar Europa. Siete finales. Siete oportunidades de olvidar el derbi. De dejar atrás esta oscura condena y mirar hacia un futuro prometedor. Adiós Coruña, adiós maldición. 

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