No se negocia

Desciendo las intrincadas escaleras desde mi asiento en Río alto con la oreja puesta en las conversaciones de los aficionados. Creo que todos opinamos lo mismo esta noche. Ya en los aledaños del estadio, de camino a casa, reflexiono sobre lo visto en el interior del mismo e intento que no me abrume una amargura que nada tiene que ver con lo propuesto por mi equipo. No. Me siento decepcionado porque en esto del fútbol juegan dos: el local contra el visitante; y esta vez no es el anfitrión el que ha perturbado mi pensamiento. Ellos, “los otros”, son los que me han defraudado.

El ‘Submarino amarillo’, como se le conoce popularmente, es el cuarto clasificado de la Liga. Ocupa el último escalón de los que van a abanderar al fútbol nacional en la competición por antonomasia: la Liga de Campeones. Atesora en la actualidad 53 puntos, 9 por encima del inmediatamente posterior, y 11 más que el conjunto al que se enfrentó en Balaídos, ahora sexto. Una notable diferencia de la que se podrían extraer diversas lecturas. Mucha gente lo llama “equipo revelación”, y a gran parte de los periodistas españoles se les llena la boca calificando su juego como “de los mejores de la máxima categoría”.

Por alusiones. Lo siento, no doy crédito. Este equipo es puro ‘resultadismo’. Un mito completamente infundado, construido en las redacciones de los medios estatales. El Arsenal de Wenger. La realidad es que la escuadra que tenían enfrente, de celeste, mucho más humilde y sin una mayor pretensión (al menos al comienzo de la temporada) que salvar la categoría y disfrutar de su juego, descubrió sus vergüenzas. Su triste realidad. Porque Marcelino, su entrenador, es además el mayor responsable de ello (para bien o para mal), y su manera de celebrar el empate sobre el terreno de juego vigués al término del choque sacó a relucir esta realidad.

Marcelino García Toral cuenta con un gran bloque, sin duda, pero eso no le exime de reconocer sus limitaciones. Él es su mayor valedor y, al mismo tiempo, su peor enemigo. Generalmente los resultados se encadenan, y las rachas se consolidan cuando logras, principalmente, no encajar goles. Siguiendo esta analogía, esta noche recordé aquel Inter de Mourinho. Individualmente, el Villarreal no cuenta con jugadores mejores que Sevilla, Valencia… o Celta. Pero ahí está. Con lo que presentaron en la ciudad olívica, si este deporte tuviese un reglamento sólido basado en un sistema de puntuación acorde al espectáculo generado (como en el boxeo), los amarillos habrían sido claramente derrotados.

Sin embargo, el fútbol NO es así. El fútbol es un grandísimo deporte, pero también infinitamente injusto. Incluso aún a día de hoy existe una considerable unanimidad en el sentir de que los nuestros, por historia, merecen o han merecido algún título. Pero ni siquiera voy a remontarme por enésima vez a “los buenos tiempos”, porque ahora vivo una hermosa actualidad que el Celta de Berizzo me regala cada fin de semana. Y en ella no hay cabida a los estrictos y vacuos ‘resultadismos’. Sólo a la propuesta. Al amor por este juego, y a la dignidad a la hora de ejecutarlo defendiendo unos colores.

El Villarreal probablemente se clasificará para la próxima edición de la Champions League. Con claridad, con solvencia. Enhorabuena. Mientras tanto, nosotros tendremos que bregar, no sólo la jornada venidera en el Bernabéu, sino las 10 subsiguientes, para hacernos un oquiño en la otrora “Copa de la UEFA”. Va a ser duro y hastioso, porque no visitaremos estadios ajenos buscando empates ramplones que nos faciliten el camino, ni renunciaremos a nuestra propuesta en pos de alcanzar ese objetivo. Porque, amigos celestes: nuestro estilo nos hace ser lo que somos; únicos y especiales, y eso jamás se negocia.

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