Cómo explicárselo

Yo fui de los indignados, sí. De los que, durante la segunda parte del Barça-Celta, juró en arameo, de los que se sintió golpeado en los testículos con el famoso penalti, de los que vio ridículo que grites y celebres el quinto y el sexto gol de un partido como ese, el que bramó cuando uno se giró la camiseta y se señaló su nombre ante un equipo que no podía más. Fui de los indignados que estos días son señalados por otros aficionados (ninguno del Celta) o profesionales de los medios como no amantes del fútbol y tal. Y, claro, cómo le explico yo todo esto a mi madre. 

A mi madre no le gusta el fútbol. Las noticias deportivas son el momento de desconectar, de disfrutar de su nieta o de alargar la sobremesa. Lo poco que intuye sobre ese mundo, tan ajeno a ella, son los cantos de sirena que le llegan a través de otras personas y lo que nace de la poca atención que presta a las páginas deportivas del Faro de Vigo. Lo poco que le interesa nace de mi trabajo, de ese amor de madre que pasa por atender a lo que me dedico por vocación y pasión. Y así lo comparte conmigo. 

“¿Cómo quedó el Celta? Iban empatados, ¿no?”. En la estación de autobuses de Plaza de Castilla, esperando el 716 que me lleva a la redacción en Tres Cantos, me surgió el gran problema. Hacer el intento de explicarle a mi madre que el resultado final había sido escandaloso, pero que el partido de fútbol no había reflejado, al final de los 90 minutos, aquel marcador de partido de tenis. Claro, al soltar el “pues al final quedamos 6-1”, la respuesta al otro lado del teléfono era evidente: “Bueno... Vaya paliza al Celtiña”. 

Cómo explicárselo, si las noticias sobre el partido giraban en torno a un penalti, al tridente, a la fiesta del Camp Nou, a un partido para la historia, a un equipo que había arrasado al otro. Lo intenté, de verdad. “El Celta jugó muy bien, se puso por delante con un equipo con muchas bajas. ¿Sabes Iago Aspas? Pues él, por ejemplo, no estaba. Y otros tantos. Aún así, aguantó el tirón, mantuvo el tipo... Pero, claro, es que esos son muy buenos, mamá”. Me veía como cuando me marchaba los sábados por la mañana a jugar con el equipo del colegio aquellas temporadas que nos metían unas palizas sobrehumanas, cuando ella, después de un zumo de naranja para coger fuerzas, me despedía con un “¡Qué ganéis!”, y ante mi cara de desconcierto, rectificaba: “Bueno, que no os metan muchos...”. Quizás, esa forma de entender el fútbol en mi casa, como una actividad extraescolar, me ayudaba a relativizar esa necesidad de ganar. Nunca sufrí por una goleada encajada; era deporte, era jugar con los amigos, era levantarse pronto para intentar mejorar la última paliza que nos había caído en el Calvario. 

El potencial de un equipo como el Barcelona, mediáticamente hablando, es tan abrumador que esconde debajo de la alfombra todo mérito que no acabe en una derrota para ellos. Lo mismo que la primera parte del Athletic en el Bernabéu; es una batalla perdida. Con el mono de periodista puesto, me hubiese visto en la obligación de reflejar ese mismo ideario si el trabajo me lo llega a exigir. Por suerte, mi material tenía color valencianista... Las conversaciones con otros compañeros, aficionados de otros equipos y con el mismo peso de que su trabajo gire en torno a Barcelona y Madrid, giraban en torno al sentimiento del hincha de un equipo pequeño. Muchos, por no decir casi todos, lo entendían.

Mi nivel de indignación había caído, la almohada me había ayudado a recuperar la compostura, a pensar que no había nada de humillante en aquel penalti, por ejemplo. Pero la voz de hincha, que a veces se vuelve casi imperceptible, aún rebotaba en el cerebro. 

Nunca he visto mal un gesto técnico como los de Neymar, porque hay jugadores como él que viven así el fútbol, te lo hacen con empate o con una victoria justa. Y el Barcelona lo hace así, por supuesto. Pero el buen trabajo de un once de circunstancias en el Camp Nou se había diluido de manera injusta y lo poco que quedaría en las crónicas se morirá con el paso de las jornadas. “Nosotros nos acordaremos de este partido”, decía un amigo. No sé qué decir, creo que también lo borraremos pronto.

Lo que no desaparecerá, seguro, es ese pequeño poso de orgullo que se acomodó en el interior durante muchas fases del partido. Vibramos con Messi, claro, porque es un jugador que tenemos la suerte de verlo en directo y con esas maravillosas cámaras de super slow que hace de cada gesto técnico una obra de arte visual. También reímos con los intentos de Guidetti de dejar la escuela sueca bien alta en aquel campo, claro. Disfrutamos de un gran partido, pero de los dos equipos. 

Seguramente, muchos no lo entiendan, pero si me cuesta explicárselo a mi madre, como para conseguirlo con los demás. 

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