Historia de un sueco en el césped

Esta historia comienza al final del partido Atlético-Celta. Eran más de las 22.30 y los jugadores celestes aplaudían sobre el césped mirando a la afición de la grada visitante. Desde abajo hacia arriba, donde les correspondían con los mismos aplausos, cánticos y gritos de felicidad. Todos los jugadores en fila, alineados como un ejército, hasta que uno abandonó la formación. Salió corriendo hacia la línea de fondo y se lanzó en plancha sobre el césped. Ovación, risas y perplejidad en algunos de sus compañeros. Era Guidetti. O Güidetti. Más bien, SuperGuidetti. 

Ese sueco rubio de cuerpo contundente al que las voces le señalan como “algo fuera de forma”; sí, lo puede estar o lo puede parecer. Lleva una gorra de frente ancha y el mechón amarillo se le acerca a los ojos. En chándal, ante la periodista de turno y entre risas, se confirma su personalidad. Gesticula, mezcla palabras en español e inglés e incluso vacila a ella, micrófono en mano y repitiendo preguntas. Guidetti, John, SuperGuidetti lo intuye: sigue haciendo méritos para ser un celeste más. 

En el mismo césped sobre el que resbalaría panza arriba un rato después, el '11' se tenía que enfrentar a uno de los defensas más duros del mundo, a uno de los mejores, de esos que no te dejan respirar, físicamente imponentes y rápidos al corte y en la anticipación. Diego Godín seguramente no calibró esta vez al delantero que tenía enfrente. Creo que pocos lo calibraron antes de ayer. Un par de semanas antes, frente al Levante, Guidetti había elevado un poco más su figura con Nolito observando desde la grada. Dos goles y el primer partido completo en juego y actitud ante la afición. Y ayer, en el Calderón, volvió a instalarse en ese limbo en el que viven los jugadores con aires de estrella. 

Con el paso de los meses, parecía que esa figura algodonada, que ese trote suave, que la ilusión que despertó al llegar se iba a desvanecer poco a poco, en el fondo del armario, en 15 minutos de regalo por partido. Pero, cuando la oportunidad le llegó, hizo pleno. “Entrenando mucho fuerte” o algo así soltaba ante el micro de la periodista, jugando con la estructura gramatical del español igual que había jugado sobre la hierba del Calderón. Y lo había hecho ante Godín, cerca de la línea de fondo, un par de veces. Control de pecho, balón al piso y buscar la mejor opción. Hacía tiempo que el referente en ataque no hacía las veces de pivote; parecía extenderse una sombra alargada con aires de Penev o de Milosevic. 

Pero lo mejor lo dejó para el otro campo, alejado del fondo visitante, como pensando que desde ahí ofrecía a la afición una mayor óptica al disparo que había soñado. Saúl perdía un balón y Guidetti se aprovechaba de algo tan inusual como la falta de comprensión entre dos con la camiseta rojiblanca. Avanzó un par de metros y el tiempo se paró. Desde la cabeza que fuera del estadio suele cubrir esa gorra de frente ancha se mandó un mensaje a todos los músculos. Esa cabeza, que dibujó el disparo antes de ejecutarlo, ordenó la acción y el cuerpo del sueco asumió la forma precisa, el contoneo necesario, el ángulo fetén para tal remate; un balanceo de brazos que acompañaría la salida del balón desde el empeine, que acariciaría con fuerza el balón por la zona inferior. El esférico salió despedido trazando el vuelo perfecto. Moyá, algo adelantado (normal, en ese caso, porque todo lo pasaba en tiempo real era ínfimo), estiraba el cuerpo rompiendo el dibujo de la espalda hacia atrás. 

A un metro de la mano del meta, el balón seguía su camino hasta llegar a la red. Era la euforia estallando contra la portería del fondo de la afición rival. Guidetti, a sabiendas de lo que había hecho, ya había comenzado a correr hacia la banda. Su cabeza le había dado la orden de, durante el vuelo del balón, abrir los brazos y correr a abrazarse con el banquillo. Era el 1-3 que ponía en bandeja el partido. 

Lo que pasó antes y después se relatará en crónicas periodísticas, se analizará en la televisión o se comentará en los bares, pero la carrera de SuperGuidetti hacia la banda con los brazos abiertos se grabará en la memoria colectiva. Será lo que sea, pasará lo que tenga que pasar, pero el sueco de gorra de frente ancha se licenció en celeste en una noche cerca del Manzanares.   

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