Incomparecencia

Un resultado engañoso y excesivamente corto para una de las peores actuaciones que se le recuerda a este Celta. Ese es el balance final de  lo acontecido ayer en Vallecas. Un partido en el que, si bien se contemplaba la derrota como una posibilidad factible y no preocupante, deja una sensación terrible en el alma del aficionado. Pese a ello, tanto la situación del Rayo como la diferencia de nivel entre ambos equipos sugerían un choque equilibrado. Nada más lejos de la realidad. Los noventa minutos se acabaron convirtiendo en una tediosa agonía.

La vista estaba fijada en la vuelta de los cuartos de Copa del Rey, algo normal y perfectamente entendible: el pase a semifinales de la competición del K.O. supondría un hito en la historia reciente del club y la oportunidad invitaba al riesgo. La del miércoles es una ocasión que no se presenta todos los días y, consciente de las limitaciones de su plantilla, Berizzo decidió reservar a casi todos su equipo de gala para la cita copera y así formar con un puñado de suplentes y de jugadores con pocos minutos en las piernas.

Michael Jordan, uno de los deportistas más decisivos de la historia, decía que no pensaba en las consecuencias de fallar un gran tiro porque, de hacerlo, estaría pensando en un resultado negativo. Viendo el panorama general e intentando entender el contexto, eso mismo le pasó al ‘Toto’: tenía claro lo que priorizaba, cómo lo podía lograr y el plan para hacerlo. El problema es que su tiro le salió por la culata.

Si bien el argentino merece su parte de culpa por no alinear un equipo más competitivo en Vallecas, lo cierto es que tal descalabro es injustificable con los once jugadores que saltaron al campo. Sólo dos futbolistas del equipo titular no pertenecían a la primera plantilla (Borja Fernández y David Goldar) y, si uno compara uno por uno a los futbolistas de cada equipo, la supuesta alineación con la que el argentino “regaló” el partido a los franjirrojos no dista mucho en lo que a nivel futbolístico de la de su rival. La alineación presentada por Jémez, quien maneja una de las más limitadas plantillas de La Liga, no dista mucho de su once de gala y es difícil afirmar que muchos de los once titulares de ayer sean superiores a su contraparte celeste.

La diferencia, pues, estuvo en la capacidad de trabajo y concentración de unos y otros durante la primera media hora de juego. Así se explica cómo Trashorras desbordaba Mallo como si se hubiesen intercambiado las piernas, cómo el Rayo ahogaba con su desordenada presión a su rival, cómo llegaron dos tantos idénticos por el mismo error de ese sospechoso demasiado habitual que es Planas o lo más flagrante de todo: cómo hay jugadores que, a 24 de Enero y con 21 jornadas disputadas, todavía no han demostrado las cualidades que se le presuponen a un futbolista de Primera División.

Con todo, entre tantas sombras y noventa minutos de poco fútbol aún hubo alguna luz en forma de actuaciones individuales: Radoja y Sergio retuvieron al Rayo lo que pudieron, Señé y Bongonda lo intentaron de forma estéril y los suplentes no le perdieron la cara al partido. Ninguno decantó el encuentro ni brilló con luz propia por encima del resto, pero, en una noche aciaga y para el olvido, hicieron algo más importante: respetar el escudo y el lema que defienden como jugadores del Celta que son. Porque el aficionado celeste acepta a aquellos que fracasan, pero no a aquellos que ni siquiera lo intentan. 

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