Jugar en tiempos revueltos

El último mes del Celta se parece más a un culebrón que al día a día parsimonioso en la vida de un club de Primera. No sé si el público objetivo de las telenovelas de después de comer es el mismo que vive con pasión el mundo del fútbol, pero a los guionistas que buscan historias para vender al peso les ha caído del cielo este Celta. Amores y desamores, romances y desencuentros, héroes y villanos. Y, de fondo, el Atlético. 

El destino, que es cruel y despiadado, ha puesto en fila los acontecimientos para que un leve soplo de aire comience con el efecto dominó. Entre esas piezas, sobresale la de Augusto; capitán que abandona un barco y que se ve envuelto en los designios del mar que le obligan a volver a Balaídos en dos ocasiones ya como ex céltico. El guión perfecto hubiese permitido que el césped hubiese acelerado el balón en el mal entendimiento entre el argentino y Moyá, pero la pesadez del tapete y la aparición de Gabi desviaban la trayectoria del gol ante la mirada intensa del Tucu. 

Ese era el final redondo. El antiguo héroe perdía la partida en la cantina del puerto con un harakiri en forma de gol en propia puerta; la jugada en la que nacía estaba representada por el actor de reparto que ha subido enteros en medio de la tormenta. Ese papel es el de Guidetti, esa clase de jugadores que tenía ganada a la grada por el mínimo, por la intención que se tenía de alabarle, por la intuición de que se le quería ver grande. El sueco, exhausto en los minutos finales, aprovechaba el último aliento en el contragolpe para tratar de regalar a Pablo Hernández un gol con sabor a gloria. Él, Pablo, el otro actor venido a más. 

Si a principio de temporada su titularidad extrañaba e incluso molestaba, ahora parece que la camiseta le queda como un guante. Ante el Levante ya se le despidió al grito de “Tucu, Tucu, Tucu”, y ante el Atlético fue el más bregador de la zona media. La intensidad, la agresividad y la adaptación por fin a lo que se le demandaba desde la grada parece que ya son un hecho. Como el chico que da el estirón tardío a los 16, cuando todos ya presumen de bigote y él a penas asoma vello en la axila, y que, de un día para otro, se hace hombre. Era el Tucu el que perseguía afanoso el balón desviado por Augusto, su antiguo compañero de batalla que, ahora en el flanco rival, casi dejaba mermados sus nuevos colores. El balón no entró, pero los guionistas ya estaban afilando la historia. 

A lo largo de esos 90 minutos, Nolito observaba desde la grada bajo la atenta mirada de las cámaras. Abajo, en el césped, otros recogían el testigo. Aspas y Orellana han tenido que dar un paso adelante. Sin el trío, el Celta no ha mermado su capacidad ofensiva, y eso es gracias al esfuerzo impagable de dos jugadores que hoy son bandera y referencia de un estilo. Eléctricos, molestos, rápidos y finos en el trato del balón; y con Guidetti sumando puntos para ser uno más. 

El hueco del ex capitán lo ha tenido que cubrir Radoja. En el partido de Liga ante el Atlético, fue una isla desasistida, un mal menor en la renuncia al toque, como si Berizzo lo mirase con la desconfianza del padre que manda a su hijo a la Universidad sin fiarse de su rendimiento. Pero el joven serbio, otra pincelada más de este culebrón, impuso la imagen que se esperaba de él. 

Me imaginaba contándole a mi madre toda esta historia con el paso de los minutos. Ella, poco aficionada al fútbol (o nada), tendría que darme la razón: la historia merecía la pena. El estado convulso de un club que sale a flote cada semana a pesar de la merma diaria en forma de portadas ajenas, fichajes que desvirtúan la competición y presión externa por asegurar lo que parecía mostrar en los primeros meses de competición. Y, de fondo, el Atlético.

El camino consiste en asentar las nuevas bases, en incorporar a los recién llegados y adaptar a los ajenos, algo complejo desde el prisma de un entrenador que confía más en su once que en su plantilla. A la espera del desenlace de Nolito, eje central ahora de la telenovela, y el desarrollo de los nuevos fichajes, el Celta debe cruzar el Manzanares para reventar el guión previsto. El objetivo, seguir jugando en tiempos revueltos. 

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