Augusto, la persona

Hoy Augusto disputará el que probablemente sea su último encuentro con la celeste. A muchos les sentará mal, desde luego. Más que un capitán, el argentino es un emblema, el abanderado de un estilo, el hombre que mejor representa el pundonor que todo aficionado espera. La mayoría ha olvidado ya que llegó siendo internacional absoluto a un equipo recién ascendido, que terminó salvándose del descenso de carambola; y que luego permaneció en él hasta encumbrarlo, ya con el brazalete. Augusto cumplió con raza y liderazgo, supo reconvertir su juego y dio la cara por los suyos en cada crisis; siempre recordaré la intervención pública que hizo en el feudo del Betis, tras aquel gol anulado a Túñez.

Seamos sensatos: el Celta no es el sueño de un futbolista nacido en la localidad de Pergamino, al otro lado del Atlántico. Este club es el recuerdo de éxitos pasados, el sentido de pertenencia y un desempeño inconfundible. Eso ya lo tiene Augusto, el orgullo de haber luchado hombro con hombro con estos irreductibles hijos del trisquel. Ahora, en el cénit del conjunto dirigido por un icono céltico, Berizzo, el ’24’ tiene la oportunidad de dar un pasito más, de participar en otra potencia del fútbol español, y demostrar así, cuando toque colgar las botas, que perteneció a la élite y que ningún reto le quedaba grande. 

Con seguridad no tendrá una oportunidad mejor, pues el tiempo pasa rápido cuando la profesión se sostiene sobre la salud del cuerpo.  Pronto contará treinta años. Augusto se ganó el crédito al renovar –el 25 de mayo– cuando podía haber declinado la oferta y negociar libremente con cualquier otro emisario. Habrá quien piense que marchar en invierno lo convierte en un mercenario, cuando lo cierto es que pocos ha habido que sintieran así los colores viniendo de tan lejos, y en tan precaria situación. La ambición del capitán le lleva a buscar un nuevo destino, más cerca de los focos mediáticos, más cerca del más prestigioso de los torneos entre clubes. Más cerca de su selección.

Es deseo de todos que ‘el negro’ Fernández se quede en Vigo. Es más que necesidad deportiva: es el cariño que ha obtenido después de 121 partidos con el Celta, de las puertas del averno a la gloria. El propio jugador fue incapaz de contener las lágrimas la última vez que pisó Balaídos, lo que habla de una decisión harto complicada. No nació en la Ría, pero se siente uno más. La ejemplaridad y el sacrificio bien merecen agradecimiento, y no desprecio, en el momento de partir en busca de nuevos desafíos. Hay salidas más elegantes, con mayor respeto por el proyecto de Mouriño, pero ninguna  tan seductora como este camino que se presenta. Pongámonos en el lugar de uno de los mejores futbolistas que han portado esta camiseta. Ha sido una suerte tener a Augusto. Que nadie descarte un futuro regreso.

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