Afouteza, unos amigos y el fútbol

No es tiempo de ser humildes: vaya segunda mitad la de los chicos de Berizzo. Tenía razón el argentino en decir que el equipo había aprendido mucho en Sevilla, hace siete días, cuando se quedaron en inferioridad numérica. Frente al Espanyol, en la misma situación, estos jabatos se las arreglaron para apabullar al contrario, para generar un fútbol vistoso y efectivo, para cubrir un enorme rectángulo de césped con solidaridad y orgullo. 

En los minutos que siguieron a la expulsión de Pablo Hernández –nada que reprochar, una tarjeta navideña adelantada–, el Celta generó más ocasiones que el visitante, con ocho disparos, y cometió la mitad de faltas. En ese periodo mantuvo el mismo porcentaje de acierto en el pase y monopolizó la pelota hasta que ya no quedaron fuerzas. Con un equilibrio perfecto entre las responsabilidades defensivas y la pasión que llevan dentro, los hijos del trisquel recuperaron la esencia de las primeras jornadas.

Los créditos de esta clase magistral corresponden en primer lugar a Augusto y Orellana. Ambos tienen una habilidad nada común para aguantar el balón hasta que surge el pase idóneo. El capitán, pura elegancia, se jugó el pellejo y puso el equilibrio. El chileno fue todo lo contrario, picardía y desborde, ilusionismo para evadirse y desquiciar a los pericos. Tuvieron un vértice común en Wass, de nuevo mutante e incombustible, lateral, interior, lo que fuera necesario. 

Alrededor de estos tres se jugó un partido vibrante. En la retaguardia, una sólida pareja de centrales contribuyó a despejar todo cuanto sobrevoló el área; y la única ocasión que cazó un rival la desbarató Sergio con un guante extraordinario. Mallo y Cabral crearon y destruyeron a partes iguales: el de Marín parecía llevar media vida en el oficio. En vanguardia, y liderados por Aspas, Nolito y Bongonda pusieron la mordiente, aunque con poca suerte. 

Aspas. El genio de Moaña desatascó el encuentro y se reveló imposible de interceptar. Con la ilusión del que sabe que pronto será padre, Iago a punto estuvo de dejar dos goles en el marcador, ello sin dejar de presionar, de buscar cada despeje. Un partido en perfecta comunión con la grada, la afición encantada por el esfuerzo y la belleza de un tanto sutil, y el canterano encantado por haber encontrado la madurez en casa, entre los aplausos del Municipal de Balaídos.  

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