La suerte de sutura

La imagen es la de un hospital militar en plena guerra. Los heridos se amontonan y se cuentan por miles, amontonados en catres de madera y colchones finos. Los pocos doctores que regentan esos mugrientos hospitales de campaña no dan abasto para atender a todos los horrores que se multiplican por minutos. De los heridos, algunos con piernas amputadas, otros con aparatosos vendajes en cabeza, tronco y extremidades, no todos soportarán la carga de la metralla en su organismo; los puntos de sutura no siempre cierran las heridas, y sólo los que tengan más suerte, los que alcancen un estado mental de fuerza y coraje, saldrán vivos.

Así de cruda es la imagen del descenso y la lucha por la permanencia. En una guerra de todos contra todos y un juego de espionaje en plena guerra fría, las salas de urgencias cambian de pacientes cada jornada que pasa. En estas guerras, como leía hace poco, todos los equipos van a puntuar; que sean 3 o 1 punto es otra historia, pero cada equipo no doblegará fácilmente la rodilla para dejar de dar la espalda al descenso. Y parece que va a ser así hasta el final.

En las últimas jornadas, la imagen de los que se juegan la vida suele ser, al menos, de notable. No habrá belleza en el juego ni se dibujarán jugadas de ensueño, pero lo compacto y las ganas de sobrevivir son tónica general. Y cada jornada hay baile en la clasificación; el que parecía cercano a la permanencia, se tropieza y entra en el ciclón de jugarse la vida, como Osasuna. Y los que parecían casi desahuciados, protestan en el césped y logran deshacerse de la hipoteca que les condenaba sin hogar en Primera.

Y en la guerra, cada punto da sutura a la herida que arde sobre la cama del hospital. Pero, igual que con el herido, muchas veces no es suficiente con sumar, con evitar la hemorragia con un torniquete de emergencia. Hay ese pequeño pero gran factor que suele pulular por la realidad del fútbol que es la suerte. En el primer tercio de temporada, la suerte suele ser incluso mal interpretada como un aviso a navegantes. El equipo puntúa, sí, pero con suerte; algo más tendrá que hacer para salir adelante durante la temporada. En cambio, restando 5 jornadas, la suerte es una amiga fiel que muchas veces aferra al sueño.

Durante esta temporada el Celta no ha sido, precisamente, un buen amigo de la suerte. Le ha sido esquiva o, simplemente, no ha aparecido. Y no lo ha hecho en esos momentos claves de la temporada (claves ahora, desde la distancia) en que sumar uno o dos puntos más, sobre todo fuera de casa, hubiesen sido básicos para no apurar la carrera al final. Perder un 0-2 en Vallecas, no salir vivos de San Mamés, un gol en la primera jornada de un chico de 16 años... No hay suerte en estos y más ejemplos. Pero la manija suele girarse, aunque sea poco a poco.

En Balaídos resonó el larguero de Varas al tiempo que la grada exhalaba aliento; Ibai pudo concretar alguna clara ocasión; y Aduriz no se disfrazó de Bermejo. El pobre Aritz prefirió ser aquel Cadete, portugués y posterior estrella de Gran Hermano en Portugal, que en Tenerife apoyó el pie sobre el césped confiado de marcar y el balón salió, sin nadie que pudiese ya evitar el gol, rozando el palo por fuera. Si hubiese sido Mario, la carambola habría hecho efecto, pero Aduriz no atinó. La Bermejinha tiene un solo dueño...

Y amistados con la suerte, apareció, como hacía tiempo que no lo hacía, Iago. Un rebote ayudó en el control para plantarse, escorado, en la frontal del área. Y qué será, si la suerte o que toda la afición empujó la zurda de Aspas, que el balón salió disparado contra la portería de Iraizoz para empatar cuando haber dejado el casillero a cero hubiese sido un palo.

Y al punto de sutura que se suma, que permite esperar al fallo ajeno algo más calmado mirando con nervios el partido del miércoles, se sumó el punto de la suerte, el que tapa un poco la herida, el que reconcilia con una ausencia que duró casi toda la temporada. Puntos y ese ingrediente básico para luchar hasta el final, la suerte.

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