Villanos del fútbol

El marcador final fue el símbolo de la vileza, el icono ultrajado, el producto de un agente perverso que en todo momento fue un paso por delante. El 1-5 cuantifica el daño provocado, tremendo, mas el derrotado escapó con vida, seguro de las posibilidades que concede el futuro para devolver el golpe de forma definitiva. Cinco dianas directas al orgullo, que hablan de la inocencia del Celta, demasiado seguro en la luz, y a merced en la sombra de un encuentro asimétrico, implacable. 

Los de Berizzo, a pesar de la ovación, no salen reforzados del choque. Salen bien jodidos. Pero con las cartas sobre la mesa, después de un golpe mayúsculo, los puntos flacos son más visibles que nunca, exagerados por la precisión mortal de un Valencia con piel de león y alma dispersa. No es el momento de convertir la colectividad en deudas individuales; es el momento de juzgar con prudencia y pensar en la redención de quienes erraron. En los momentos de duda debe reforzarse la unión y no perder un segundo en mejorar. 

El salto fantasmal de Sergio en el último mazazo no fue más que el corolario de un despropósito defensivo. El meta no atraviesa un buen momento justo cuando la zaga no es capaz de arroparlo; difícil papel para el de Catoira, sometido a un bombardeo implacable en el que parece que los tantos se suceden sin remedio. Las ocasiones son tan claras que minan su moral antes de que deba intervenir. Sin embargo, este escenario no debe servir de escudo para unas pobres actuaciones técnicas, porque el canterano vuelve a vivir los partidos bajo el larguero, falto de agilidad de cintura para abajo, incapaz de hacer pequeña la portería con sus movimientos. Guardar los palos exige más presencia. 

Reforzar la psicología en los metros críticos es también responsabilidad de una línea defensiva pueril, que achica agarrotada, que se rompe en el repliegue, y que se convierte en una calamidad cuando entra al choque con el atacante; faltan coberturas, falta contemporización y dilatación en la transición, y calma en la frontal del área. Si por alto la evolución es evidente, por bajo queda mucho que pulir. Mallo, sin cometer ningún crimen, no acaba de cerrar el carril. Fontàs está pagando la inactividad con una falta de agilidad y una torpeza llamativas. Y Jonny parece contagiado por la tontería de Nolito, su compañero en el costado izquierdo.

El ‘diez’, el hombre decisivo, atraviesa un bache terrible de juego. Si en el Madrigal se acercó a las sesenta combinaciones, en la última jornada no llegó a la veintena de intentos, y de todos ellos completó menos de la mitad; señal inequívoca de desconexión. Por fortuna, las vacas flacas de Agudo Durán están siendo compensadas por el caudal ofensivo del resto de jugadores, por la actividad constante de Orellana, el arrojo de Wass, la persistencia de Aspas, y el soporte impagable de Augusto y Hernández, de nuevo rebosante de actitud y sentido atacante. El gol, por supuesto, es una tarea en la que Nolito es irreemplazable. 

Con el Celta humanizado, el resto de los villanos se frotan las manos: han descubierto la debilidad en quien era una amenaza. Por quince días, el conjunto olívico se aleja de la luz para trabajar en la sombra, ese terreno que infravaloró y que debe dominar para cumplir y salir airoso de Riazor. Con humildad, porque un 1-5 nunca es fortuito, y con confianza, pues ya ha demostrado estar a la altura de los más grandes. 

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