Lo que cada uno necesita

El partido ante la Real tiene varias lecturas. La primera, el Celta volvía a ganar en Donosti 16 años después. Allí se habían purgado todos los pecados posibles: remontadas en contra, suspensos claros, suspensos “con nota”, expulsiones definitivas y definititorias. Otra, la segunda, que este equipo no se rinde. La segunda parte fue la redención de una primera parte repleta de errores; defensivos, especialmente. Fontás, pecando de inactividad, había caído en la trampa del hombre más en forma de la Real, pero el equipo se echaba el partido a cuestas para sacar tres puntos que dejan al Celta tercero a estas alturas. Hay otra lectura: el partido dio a algunos lo que necesitaban. 

El gol es una ex novia cabrona. Y el futbolista, un amante insatisfecho. El binomio es explosivo. La ex novia (o ex novio, vamos) que te pone la miel en la boca para decirte que no, que no va a volver, y el amante (o la amante, vamos) insatisfecho/a que no le llega el despliegue físico y siempre, sea como sea, exige más, te lo hace saber; ahora, marca los límites: cuando considera que no hay más, no hay más.

“El futbolista es egoísta”, frase repetida y manida que, seguro, habéis escuchado varias veces. Pues sí, lo es. ¿No lo seríais vosotros? Fuera del significado honorable de la palabra “equipo”, ¿quién no sería egoísta? No basta lo mínimo, no llega lo justo. El futbolista siempre quiere más. Lo necesita, es como agua en el desierto. Se lo dan y se lo damos, afición, familia y amigos, eso seguro. Pero siempre siente que hay alguien que no le corresponde con el esfuerzo. Suele ser esa ex novia cabrona. Ese gol tan necesario. 

Después de estas primeras jornadas, se notaba que Iago Aspas necesitaba ser, y ser con mayúsculas. Su papel en el equipo sigue teniendo importancia, pero la figura de Nolito, como la suya hace más de dos años, es la que busca el público ajeno. De Aspas se habla del regreso, de sus anteriores experiencias, pero no de quién es. Parece que olvidamos que era un jugador con “olfato de gol” al que ahora se le exige ser un goleador. De tener olfato a clavarla, hay un trecho largo y ancho. Por eso, cada gol exhuma alegría; ya no solo por lo que significa el equipo para, sino también lo que significa para él. 

En Donosti lo logró. Primero, con una metedura de pierna que despistó a un Rulli que se había anticipado con demasiada alegría. Después, con un escorzo a centro de Wass que parecería imposible si no supiésemos que los huesos de Iago se modifican en cada remate para acomodar el cuerpo de la manera más efectiva. Berizzo lo sustituyó y Iago no reprendió, algo que también parece haber cambiado. Era el jugador más efectivo en el campo, no sólo en el remate, sino en cada decisión que tomaba, pero asumió que su descanso significaba la oportunidad para otro. Iago se marchaba después de haber despreciado a su ex novia. La había olvidado. Había empatado el partido en dos acciones. Ese egoísmo de futbolista estaba saciado; esos suelen ser los mejores comienzos de una racha goleadora. 

Luego está lo del Tucu. En su caso, el gol que le dio los tres puntos al Celta tenía también mucho calado interior. Se golpeó la camiseta de cara a los valientes que celebraban en Anoeta. Explotaba el puño contra el escudo, quizás a modo de reivindicación. Nos ha costado, y nos sigue costando. Qué complicado es para algunos jugadores el camino en un equipo. La sombra sigue sobre él, le persigue y centra el foco y los ojos de miles de aficionados en su dorsal. 

El gol lo redimía de unos primeros meses complicados. Podemos seguir dudando y criticando, pero Pablo Hernández quiere dar pasos pequeños pero de gigantes para conquistar tierra firme en Vigo. Por ese gol no cambia nada, decía un amigo. Claro que no, no para nosotros, pero sí para él. Seguramente lo necesitaba más que el propio equipo. Vale más que los tres puntos. Vale para que el descanso del futbolista sea más real, para que mañana no se levante con la rémora del ojo de la grada sobre su espalda. 

Es la mejor lectura. Anoeta dio a cada uno lo que necesitaba. Importancia a Aspas, tranquilidad y confianza al Tucu y tres puntos de oro para un Celta que no quiere dejar de soñar. Mejor. No despertemos, de momento. 

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