Ilusión y una parábola para salir del gueto

En un deporte como el fútbol, que mide el éxito por lo tangible, el gol de Pablo Hernández puede significar un punto de inflexión. El espigado internacional chileno celebró el postrero tanto con rabia impropia de su personalidad, que es cercana a la indiferencia, consciente de que por fin había logrado marcar la retina del espectador con un acto trascendente. Se acercó al fondo plagado de seguidores, recibió una avalancha de compañeros sobre su espalda, y tras el encuentro se fotografió con los celtistas que aún quedaban por Anoeta. La cara del ‘Tucu’ hablaba por sí sola, bañada por la ilusión.

Le hacía falta. La historia de Hernández discurre por las Américas, entre los campeonatos argentino y estadounidense, e incluso entonces la imagen ofrecida no se correspondía con las expectativas. Un buen día Eduardo Berizzo apostó por él y le puso la casaca de O’Higgins; meses más tarde, Pablo Hernández se convirtió en portada en Chile, flamante autor del gol decisivo para el campeonato. Al pie de los Andes encontró el billete para Europa, pero acabó siendo un marginado.

Terminó en el mismo gueto por el que antes habían pasado personajes hoy induscutibles como Augusto, Nolito u Orellana. Al igual que ellos gozaba de la compañía de algunos incondicionales, pero anhelaba el cariño que la afición proporcionaba, generosa, al conjunto del plantel. Buen profesional, por meses mantuvo el guión del trabajo invisible. Luchar por el saque de meta, carrera desapercibida, falta táctica. Nadie podría decir que todo lo hacía bien, pero él quería ser uno más del grupo que maravillaba a la grada. 

En la reciente preparación estival Pablo Hernández rindió como era de esperar, con un nuevo plan de Berizzo para exprimir las características que lo hacen diferencial. El propio jugador entendió también en qué debía cambiar y el rendimiento fue aumentando a cada partido. Se convirtió en una pieza más de la mecánica grupal, a pesar de lo cual se le negaba cualquier reconocimiento. Le pesaba el aspecto estético y la mácula de la decepcionante temporada anterior; cosas del fútbol. Keylor Navas le arrebató, de manera sensacional, la primera oportunidad de medir su importancia en el marcador. En los diez minutos en los que la Real Sociedad bajó los brazos, el ‘Tucu’ echó el resto, con más furia que convencimiento real, y diseñó una parábola imposible de interceptar. 

Es posible que Pablo Hernández no sea nunca un héroe para los que apoyan al Celta, puede que no sea nunca el referente de esta generación. Es su condición, trabaja en la sombra, siempre presente aunque pase inadvertido. Entiende que la única medida de su juego es el esfuerzo diario y que lo ajeno es un eco distorsionado. No le importa que le crean prescindible: lo que hace ha valido y seguirá sirviendo para un propósito. Es, y seguirá siendo, un guardián silencioso. 

 

El dato: ante la Real, Hernández despejó siete centros al área, uno de cada tres a los que se enfrentó el Celta

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