El alma de un equipo

“¿Estás triste?”, me preguntó. Marcelo acababa de eliminar todo atisbo de remontada con un amago que le había roto la cintura a Sergio y la esperanza a todo el celtismo. Me puse la chaqueta; olía a derrota. Era la misma que me había quitado minutos antes de empezar el partido y la misma que me había cubierto con la gloria de la goleada al Barcelona. Aquel olor incomodaba, pero me era imposible tenerlo en cuenta. 

Antes de empezar el partido, sobrevolaban sobre mi cabeza las frases de Augusto 48 horas antes. Había entrevistado al capitán para la previa del Celta-Madrid y, a pesar de querer desgranar cada detalle durante los minutos de conversación, sus palabras giraban en torno a un eje. El equipo. El Celta tiene hoy grandes individualidades, sí, pero que no son nada sin el equipo; el Celta remata mucho a puerta, sí, gracias al trabajo del equipo; los de arriba están como motos, sí, como todo el equipo. De lo individual a lo grupal, Augusto tenía esa palabra, “equipo”, en el borde de la lengua constantemente. 

Si contra el Madrid cometes el error de relajarte durante un minuto, lo pagas. Es como en un robo perfecto: puedes tener el mejor plan, la mejor táctica y la mejor tecnología que, como cometas un mínimo error, ahí estarán los del CSI que sea para recordártelo. El Grissom de turno vestía de negro y no perdonó. Dos malos movimientos y el partido, cuesta arriba. El Celta se había roto como equipo, había perdido eje sobre el que girar y lo había pagado caro. 0-2 y con todo el trabajo por hacer. 

Como si de un Transformer se tratara, el color celeste se reagrupó y reveló una nueva forma; era una avalancha de balones al área, de disparos desde cualquier posición que lo permitiese. La mala suerte era que en la portería rival estaba un felino, un hombre multiplicado por mil que repelía todo como si el balón fuese un polo igual del imán. Así, Keylor hacía justicia a lo que se venía hablando desde hacía un par de semanas: el Madrid era el menos goleado de la Liga, en gran parte, por él.

Lejos de caer en la desesperación, se jugó a la carrera de fondo, a que el gol caería por maduro. En ese momento, el Celta comenzó a ser más transparente. Cada intento de Nolito, cada remate a bocajarro, soltaba un destello al cielo. Se exponía ante todos con el alma al aire, exhibiendo la receta contra la enfermedad con el brazo en alto. Las palabras de Augusto revoloteaban a mi alrededor mientras era consciente de esa experiencia extrasensorial de ver el alma de un equipo. Intensidad con y sin balón como ejemplo de humildad. El alma de los de celeste, con la derrota atacando por la espalda, reflejada en la lucha constante de un equipo contra el molino gigante. 

Es duro sobreponerse en pleno partido a los errores. Es complicado luchar con el viento en contra. Es casi imposible plantarle cara a los millones sin darle importancia al número de ceros que se agrupan detrás del número. Pero el Celta lo intentaba. Mientras, Benítez se ahogaba en el banco igual que los suyos en el césped. Sólo Keylor parecía aguantar el tirón. El Madrid había sido una máquina bien engrasada durante casi treinta minutos, pero en el cuerpo a cuerpo comenzaba a flaquear. Haciendo aquí caso omiso al árbitro, el Celta restó un número, y parecía enrabietarse más. 

Enseñaba el alma que habita en el vestuario y que se suele contener en esas paredes, las mismas que escuchan los anhelos del equipo, las órdenes del entrenador. Quedaba menos tiempo y Marcelo acababa de sacar sobre la línea la única vez que Keylor se había quebrado; y el alma del equipo era un destello fulgurante. Seguramente, se encargó de dirigir el misil de Nolito al ángulo más alejado del guante del costarricense. 

Marcelo rompía en pedazos los sueños de remontar, pero dejaba intacta el alma del equipo.

“¿Estás triste?”, me preguntó. “No...”, contesté con la chaqueta puesta. Cómo estar triste con la derrota el mismo día que le has visto el alma a tu equipo. 

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