La temporada de Eduardo Berizzo

Con más sobresaltos de los esperados, la apuesta de Torrecilla ha salido bien. No era una tarea sencilla la de reemplazar a Luis Enrique, ahora campeón de Liga, pero el buen ojo y la contingencia del director deportivo se han traducido en una sólida continuación para el proyecto, ahora bajo la conducción de Eduardo Berizzo, viejo conocido de la feligresía viguesa.  

Un equipo de rachas

Berizzo llegó de los Andes con una filosofía atrevida y exigua experiencia. A su favor tenía una plantilla predispuesta, ya encaminada hacia los gustos del nuevo técnico. Metódico, analítico y convencido, el argentino ideó una pretemporada excelente: el Celta volaba sobre el campo, fresco y con las lecciones aprendidas. La una inercia positiva se incrementó tras vapulear a Everton y Cagliari, para confirmarse en el comienzo del campeonato contra el Getafe. Los celestes ganaban mecánicamente, sin dar opción, pero ya se intuía cierta rigidez en la fórmula de juego. 

Todo fue rodado hasta que el Celta alcanzó el cénit, en Barcelona, ganando a domicilio a un grande entre los grandes. Llegó un rocoso Granada para poner a prueba la imaginación de los de Berizzo, y ahí surgieron dudas. El tamaño del problema fue mayor de lo que el entrenador imaginaba, y le cogió mal preparado: no tenía soluciones para tantos detalles que, de repente, convergieron en una dinámica terrible. Obsesionado con el rendimiento de los que consideraba más aptos para jugar, carecía de un banquillo enchufado que aportara algo diferente. 

Entre noviembre y febrero el equipo fue una caricatura; se apreciaban las señas de identidad, las ideas bajo el armazón, pero la traslación de esas ideas en impulsos sobre el campo rozaba el esperpento. Los mismos errores, una vez después de otra. No obstante, Berizzo fue encontrando piezas que encajaban: Augusto con Krohn, Mina en banda derecha, menos marcas al hombre, ataques asimétricos. El 31 de enero el míster lo echó todo por la victoria, y funcionó. Orellana de mediapunta, rodeado de jugones, y una victoria poco holgada ante el Córdoba. Tres puntos, al fin y al cabo. Una liberación.

A partir de febrero todo fue más sencillo. El conjunto no había perdido la esencia, todo lo contrario: redoblaron la confianza en el estilo que pedía Berizzo, quien llegó a estar más fuera que dentro poco antes. En la jornada siguiente el Celta amarró un punto que parecía perdido en Anoeta, y luego llegó la consagración: un repaso al Atlético, el vigente campeón, en Balaídos (2-0). A estas alturas el bloque se empezaba a mostrar formidable: a la solidez defensiva se unió un sentido del juego más inteligente, y con los delanteros enchufados, los encuentros cambiaron de cariz. Hasta el final de la temporada la afición soñó con Europa, un sueño que no se pudo conseguir por los tropezones en partidos clave: el desafortunado recibimiento al Athletic, la infantil actuación en Almería y dos empates, frente a Sevilla y Valencia, que bien pudieron acabar de otra forma. 

 

Decisiones en el campo

“Soy un entrenador joven, pero no soy un necio”. En estas palabras se expresó hace una semana el Toto, seguro de haber evolucionado como técnico en estos meses intensos. Y no le falta razón, porque en el transcurso de los primeros partidos del campeonato se comprobó que estaba muy verde. Era fácil predecir los cambios, que se producían de manera exasperante, y no lograba reajustar a los futbolistas si el resultado o la dinámica eran adversos. Le costaba interpretar las necesidades del equipo, dentro y fuera del campo, pero con el paso de las fechas se fue abriendo a más posibilidades, aprendiendo de las capacidades de sus chicos.  Si bien hoy tampoco podemos decir que sea un maestro de la lectura, no podemos negar que ha evolucionado para mejor. Le seguirá pasando, con menor intensidad quizá, porque va en su naturaleza: a los entrenadores más tácticos no les gusta renunciar al plan inicial si no es para acogerse a un segundo plan ya diseñado. 

 

Aprovechamiento de la plantilla

La primera campaña de Berizzo ha estado marcada por el resultadismo. El argentino confió la marcha en unos pocos, sin conceder demasiadas oportunidades a los que no le convencieron de primeras. Esta política de restricción se ha mantenido hasta la última fecha, cuando ya no quedaba más en juego que el orgullo de los 51 puntos. Las lesiones y sanciones de los últimos meses han evidenciado dos factores: primero, que debió confiar más en quienes podían revitalizar el equipo, véase Mina; y segundo, que varios de los menos habituales no demostraron merecer más opciones, dado su rendimiento, como en los casos de Charles, Álex López o Costas. 

Por otro lado, hay que destacar que el preparador de Cruz Alta ha logrado exprimir al máximo las capacidades de los que hoy son la columna vertebral: Augusto, Krohn-Dehli, Orellana, Nolito, Larrivey, Cabral, Fontás, Jonny, Mina, Mallo...todos con un nivel de regularidad fuera de toda duda, mejorando los registros de otros años. 

 

Cantera

El protagonismo de la cantera ha decaído un año más, con pocos habituales de la casa entre los titulares: Sergio, Mallo, Jonny, últimamente Mina. A Madroa ha estado más presente en el banquillo, con el filial y el juvenil completando convocatorias. La realidad es que el rendimiento y la progresión de los del B tampoco han maravillado, dificultando la entrada en el primer equipo. Al mismo tiempo, el Celta siempre se ha jugado algo en cada encuentro, sin lograr cerrar la mayoría de ellos, lo que ha reducido aún más las rotaciones. La planificación deportiva ha de cuidar a los más prometedores, sobre todo los juveniles, evitando colapsar la plantilla en determinadas posiciones. 

 

Nivel de juego y estado físico

Al principio, la base del juego la constituyó el apartado físico; el Celta, más ambicioso que inteligente, derrochaba intensidad para adelantarse en el marcador. Era un ataque brutal, plano, veloz, agotador. A los celestes les costaba aguantar los resultados cuando empezaban a flaquear las fuerzas, pero un nuevo plan físico en Navidad y un ataque más equilibrado y sensato subsanaron esas decaídas; el equipo llegó a la última jornada en un estado sublime. De igual forma, el juego fue añadiendo variantes, cada vez con más libertad y control desde el medio campo. Tal es la calidad del combinado, que no ha tenido demasiados problemas en lidiar con situaciones de inferioridad numérica, remontando con uno menos ante el Espanyol, luchando despreocupadamente contra Sevilla y Almería. Un resultado impecable. 

 

Valoración final: 7.

A favor del técnico argentino, el crecimiento del equipo y el buen hacer de sus chicos en términos generales, sobre todo en las etapas inicial y final de la temporada. El bache entre noviembre y febrero puso a prueba la capacidad de reacción del entrenador y le costó demasiado rectificar y devolver al conjunto a la dinámica positiva. Un año para madurar, para corregir errores de planteamiento y para consolidar el proyecto. En marcada línea ascendente.

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