El Celta, o cómo volver a empezar

Nolito, Krohn-Dehli, Orellana, Cabral, Augusto. 

Pensando hoy en estos individuos, lo más normal es imaginarse la columna vertebral de un Celta en ascendente, grandes jugadores, amigos, caras ilusionantes para la afición. Ha sido una suerte para ellos que se juntaran en este humilde navío, algo así como el refugio para almas perdidas del fútbol. 

Antes pasaron por años complicados, sin encontrar el juego más apropiado o las condiciones para crecer sin preocupaciones. Gustavo, tratado con dudosa y dolorosa justicia, llegó a tener la etiqueta de peor defensa de River y se buscó la vida en México; de casualidad terminó en el Levante, y en cuatro meses había llamado la atención de Torrecilla. A Augusto las cosas le iban un poco mejor cuando fichó por el Celta, pero no lograba consolidarse: River, Saint-Étienne, Vélez. 

Fabián se convirtió demasiado pronto en el ‘histórico’ de Chile. Marcó un tanto crucial a Argentina y Udinese pagó una gran suma por él, pero no convenció; previo paso por el Xerez, se fue al Granada. Allí, por incontrolable y taciturno, vieron negocio en mandarlo cedido al Celta, que de buena gana lo acogió, aunque sin poder pagar el pase. Transcurrieron unos meses hasta que los nazaríes dieron el brazo a torcer y se conformaron con una cantidad asequible por ‘el poeta’. 

Poco antes que el chileno, y coincidendo con Cabral y Augusto, recaló en Vigo un futbolista decidido a reencaminar su carrera. Krohn-Dehli llegaba tras torpedear a Holanda en la Euro 2012, fijo como absoluto y con trayectoria sólo en el norte del continente. Ajax, Waalwijk, Rotterdam y Brondby, por ese orden, cada vez más lejos de alcanzar el máximo nivel; eso, hasta que se topó con un buque de singular tripulación, con un ninja poeta y tristón, un sheriff con mala puntería y otro internacional con mejor cartel que sueldo. El lugar ideal para volver a comenzar. 

El elenco de las revelaciones lo completó un andaluz de playa y gamba, formado con la élite de la Masía y exiliado en Portugal. Curiosamente también pasó brevemente por Granada, para sustituir a Orellana. Había mucho que aprovechar en Nolito, que bajo la fachada de campechano escondía un delantero matador. Sólo hacía falta una compañía en la que pudiera confiar, en la que nadie preguntaría por los fallos del pasado ni buscaría más explicaciones. La quinta de los desdichados que amaban el balón estaba a punto de alcanzar su mejor versión.

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