Oubiña, el capitán

No hubo una última ocasión para Borja. El fútbol le reservó un final amargo al capitán del Celta, privándolo del homenaje merecido, el que se otorga sobre el verde y camino al banco, con el estruendo de miles de palmas y la voz afectada de la megafonía al anunciar el cambio. Es además una despedida prematura, como si Oubiña debiese algunos años a la vida a cambio del don de domar la pelota. 

La carrera de este mediocentro de raza es una historia de contrastes. Frente a la endeblez de sus rodillas, la serenidad, la inteligencia y la perseverancia. Frente a las cámaras, la Selección y las ofertas multimillonarias, sobria y tranquila humildad. Nunca nadie dudó de la capitanía de Borja, un jugador de esos que sólo da la cantera, orgullo del aficionado en lo personal y en lo futbolístico, encarnación de los valores de la deportividad y la madurez. El más adelantado de la clase, descarado de joven, didáctico y cercano con el brazalete. 

Oubiña debutó con Lotina cuando los vigueses luchaban por hacerse un nombre en la Liga de Campeones. Había dejado atrás una rotura de ligamentos, pero ya nadie se acordaba: la geometría de sus pases iba a ser parte del combinado nacional de Luis Aragonés, que quería dejar atrás lo de la furia española con tíos como Xavi, Alonso, o Iniesta. Entonces era ‘el licenciado’, por la carrera de Empresariales. Unos meses después de estrenarse con la zamarra roja, el Celta volvió a Segunda y Borja acabó cedido en el Birminghan. Allí, lejos de casa, se rompió la otra rodilla en un lance con Kuyt. Siete años pasaron entre ambas lesiones. 

Entre penurias el capitán volvió para sostener al club en la oscuridad. Antes tuvo que pasar por cuatro campañas terribles, con operaciones y veranos al trote en el campo de entrenamiento. Con enormes precauciones, Oubiña recuperó la normalidad competitiva a partir de 2010, con Paco Herrera, y realizó tres buenas temporadas para consolidar al Celta en Primera División. Ya con Berizzo, el cuerpo dijo basta.

Borja ha servido de inspiración para todos los niños de A Madroa. El ‘cuatro’ apareció de la cantera olvidada para liderar un vestuario de grandes estrellas internacionales, viendo el fútbol desde el hueco que dejan los centrales entre sí, gobernando el partido desde un lugar reservado para los más grandes. Oubiña tiene motivos para marcharse con la cabeza alta, no sólo por haberlo intentado hasta el final, también por haber dotado al Celta de una personalidad duradera y distinguida, la que hoy granjea alabanzas y piropos entre los forofos del balompié. 

El capitán deja el fútbol en activo con treinta y tres años y trece temporadas con el primer equipo, para un total de de ciento noventa y cuatro partidos, con cuatro tantos oficiales. A mayores, dos internacionalidades y dos encuentros en el Birminghan, donde se truncó el proyecto vital del vigués. Oubiña, que jugó en el Celta desde alevín, se va sin lágrimas de esta desdicha novelesca, sin llegar a ser el futbolista que esperaba ser. 

BLOG COMMENTS POWERED BY DISQUS