Final templado

Cada año que transcurre me cuesta más subir todas esas escaleras hasta Río Alto. Me cansa en lo físico y sin embargo, crecen en mi interior las ganas de llegar arriba. Se suceden los partidos, las gestas, los momentos: descensos, ascensos, victorias anodinas y victorias épicas… Mis piernas sufren por encaramarse hasta aquella butaca, pero mi corazón cada vez lo demanda con mayor empaque. Ahora recuerdo cómo subí la noche en la que, con muchas bajas importantes, nos sobrepusimos ante un Sevilla de Champions.

Era aquella una noche templada. Como templada venía siendo la climatología reciente. A primeros del mes de Mayo, todavía no nos podemos quitar el sayo en nuestra tierra y, no obstante, el sol nos regalaba su esplendorosa luz en los inicios del partido. Eduardo Berizzo colocaba sus fichas sobre el tablero lo mejor que podía: carecía de su alfil (Nolito), de su torre (Larrivey), y de otras importantes, pero a fuerza de peones, el estratega argentino estaba dispuesto a provocar sus promociones[1]. Y así fue. Los debutantes, los mal llamados “repuestos” no defraudaron, y las bajas apenas se notaron.

Quizá fue fruto del factor campo, o de un (demasiado) conservador Unai Emery en su planteamiento, pero el Celta fue superior a su rival en prácticamente todas las facetas del juego.  En contrapartida, la grada acusó el estado y la condición contemporánea de los nuestros. Mirara a donde mirara, izquierda o derecha, veía aficionados vestidos con sus camisetas celestes hablando de sus cosas, disfrutando a su manera de lo que se supone que es un partido de fútbol, pero prestando poca (o ninguna) atención al mismo. Es el precio a pagar, por parte de los jugadores, al haberse instalado en la zona templada de la tabla, sin opciones ya de pelear por nada más que el prestigio de una buena posición final. “De aquellos barros estos lodos”, reflexioné; o “de aquella racha este décimo puesto”.

Eran, pues, esos los jugadores que nos defendían, y a su vez los que nos regalaban alegrías y decepciones. Los que, si nada cambiaba a lo largo de aquellos primaverales días, habrían dicho sus últimas palabras sobre el césped para pasar a decirlas tras una pancarta. Los futbolistas llevarían a cabo su particular y difusa huelga en pos de unos derechos que todos tenemos pero que en este caso pocos entendíamos. Una olla a presión en donde se cocinaban a fuego lento conceptos como “impuestos”, “derechos televisivos”, “AFE”, “Tebas & Villar”… Yo sólo podían pensar en los míos, en lo que habían conseguido hasta la fecha y lo que estaba por venir.

Existían dos posibles caminos: que la Liga acabase tras aquel excelente empate, habiendo dejado a los celestes décimos (a 3 puntos del séptimo clasificado), o que el parón previsto se anulase. En el primero de los casos, la huelga continuaría en pie y la Liga finalizaría de aquella templada manera. Un hecho histórico, pero que dejaría al conjunto olívico cumpliendo su objetivo de forma solvente y recapacitando sobre todas las gestas y los fracasos (también) logrados aquella temporada. En el segundo caso, habría que viajar a Mestalla a pelear, ya con la mayoría de nuestros efectivos, unos puntos que pudieran seguir ilusionándonos con aquella remota posibilidad europea.

No podía decirse en alto. Tan sólo se susurraba. Muchos en las gradas afirmaban que “no les hacía ilusión” aquello y yo, como ellos, así lo aseguraba, aunque por dentro me recorriese un hormigueo. La sensación de algo bueno que está por llegar, aunque nunca puedes alcanzar a saber de cuánto tiempo estamos hablando. Días, meses, años… Ahora me acuerdo de lo que finalmente pasó en la temporada 2014/2015, y os prometo que fueron unos hechos dignos de presenciarse. No os contaré este final, porque es posible que os resulte templado, pero os invito a pensar que junto al Celta de Vigo no importa lo que haya sucedido… siempre habrá valido la pena vivirlo.

 

[1] Movimiento del ajedrez que consiste en convertir un peón en otra pieza (generalmente la dama o el caballo), y que se produce cuando éste alcanza el final del tablero.

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