Afouteza

Desde hace tiempo, la palabra 'afouteza' es la más utilizada por los aficionados del Celta para referirse al equipo, a su sentimiento, a lo que une grada, escudo, camiseta y césped. Esa palabra, para el que no conozca el significado, se refiere al valor, a ser intrépido y audaz. Significa, también, osadía. Reza el himno celeste que el lema del equipo es “noble xogo, afouteza e corazón”. Pues qué mejor forma de honrar a un himno, a una letra que se canta a pulmón en los instantes previos al comienzo del partido, que representando en el campo lo que acabas de proponer. 

El noble juego no es más que honrar el deporte que practicas. No siempre es posible, claro está; muchas veces, las circunstancias te superan o el que te supera es, directamente, el rival. Pero ese honrar el fútbol es, simplemente, salir a ganar. Los medios son otra historia, no lo que no puede pesar más es el rival que está enfrente. Este año, sobre todo ante los grandes, el Celta ha actuado con nobleza, ha presentado sus armas y ha salido a corazón abierto contra aquellos que le superan en número (de euros, sobre todo). Esa presentación desnudo, sin artificios, ha dado más o menos puntos; un día significó un triunfo histórico y otro, salir escaldado previa actuación arbitral. Pero la nobleza quedó en cada gota de sudor de la camiseta. 

El corazón se presume, pero no siempre existe. Algunos que no lo tienen, como el hombre de hojalata del Mago de Oz, se enfilan hacia la aventura para encontrarlo; otros, se vanaglorian de carecer del órgano; el Celta, desde el primero al último, ha mostrado que lo tiene. El corazón celeste está roído y a veces falla; lleno de cicatrices, la sístole y diástole no siempre mantienen la cordura para que funcione a la perfección, y se acelera tanto recordando malos tiempos como las buenas fechas vividas. Eso sí, es duro, terco y pertinaz. Da igual que lo golpeen, que se obstruya el reguero de sangre que lo hace vivir, siempre sale a flote. El domingo, cada sístole duraba menos; cada diástole era más dura. Pero no se cejó en el empeño; no se miró el marcador ni se bajó la mirada ante el rival. Todo consistió en salir a flote de cada golpe, entregar el corazón en 90 minutos sin importar el cómo ni el por qué. 

La afouteza fue la clave. El valor de salir a tumba abierta ante el todopoderoso. La intrepidez de enfrentar armas para demostrar que las tuyas pueden ser peores, pero igual de dañinas cuando se utilizan con valor. Y la osadía de ofrecer la espalda a los delanteros del Madrid, de someter a James a un marcaje individual de Jony sin más apoyos en el centro que el de dos extremos reconvertidos y que crean más de lo que destruyen. Porque esa era la idea: crear más para destruir menos. Osadía la de un chaval que lleva el dorsal '7', número al que la cabalística del fútbol le otorga galones de estrella; osadía la del '14' que buscaba cada hueco entre camisetas negras para alcanzar el área; y, sobre todo, osadía la del '10', al que esa cabalística le regala honores de ídolo, que se plantaba ante todos con la confianza del que sabe que lo puede hacer. 

El sufrimiento tiene dos caras. El del que no llega por poco y el del que está pero por poco. La cara de Casillas recogiendo algún balón desviado en la segunda parte era el poema épico de las intenciones celestes. Hordas de jugadores que colgaban balones, saltaban cabeza con cabeza o probaban suerte desde la lejanía mientras un portero que las ha visto de todos los colores echaba un vistazo al marcador para saber cuánto tiempo le quedaba de tortura. Mejor el sufrimiento del que cree que puede llegar que el del que reza por que ocurra.

El partido terminó antes del pitido inicial, cuando se hincaba la rodilla no por rendición, sino por agotamiento y el marcador se alejaba con cada minuto que pasaba. La grada y los jugadores tiraban de esa afouteza para creer, para intentar acercarse. No era posible porque no caían las decisiones arbitrales del lado atacante, ese lado que acabó casi sin defensas ante un todopoderoso repleto soldados de contención. 

El final llegó con la ovación de todos los que no quisieron irse antes a casa para reconocer lo que habían visto. Algunos hablarán de fallos; otros, de decisiones tácticas o influencia arbitral; los que menos, de decepción. Yo salí con la noche casi cerrada del estadio y me planté ante la fachada de Balaídos. “Afouteza e corazón”, rezaba aquel cartel alargado. Nunca lo sentí tan real. 

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