Victoria sarcástica

“…y el premio LFP a la afición irónica es para: Real Club Celta de Vigo. Recoge el galardón… Ricardo Barros”.

 Hago memoria: sentado en mi grada de Río, se palpaba la tensión. Los nuestros rondaban el gol, y el resultado final del partido era incierto. Fue en aquel preciso instante cuando se sobrevino la jugada que colmó nuestra paciencia. El “asesino silencioso” se plantaba ante la meta rival para hacer el 3-3, y un oportuno Kroos lo derribó desde atrás. Al señor que ayer no iba de negro (pero debería), no le pareció penalti. Todos protestamos, y sin embargo las quejas dieron paso rápidamente a la sorna y la ironía. Quizá en el resultado no, pero a retranca no nos gana nadie.

Cada falta a favor del Real Madrid comenzó a ser jaleada por la grada, al grito de: “¡Otra, otra!”. Cada vez que Cristiano Ronaldo tocaba el esférico, Balaídos le pedía que se tirara, y cada vez que Pérez Montero se encaraba con algún jugador madridista, les instábamos a “que se besaran". Un contundente empujón de Sergio Ramos sobre Khron-dehli por no lanzar fuera un balón dividido acabó por significar amarilla para el gran danés, y no para el de Camas; el ambiente del estadio dio paso a una estruendosa carcajada. Entre consignas y cánticos sarcásticos, al final el coliseo celeste aplaudió a su equipo por el gran esfuerzo realizado, y se tomó con ese buen humor que nos caracteriza al pueblo gallego los habituales errores arbitrales cuando uno de los mal denominados “grandes” pasa por aquí.

Actualmente, ya a ninguno se nos olvida que tanto ante el Real Madrid como ante el Barcelona, los arbitrajes son los que son. Menos todavía a los aficionados del Celta, hartos de continuos errores en los que su equipo siempre resulta el mal parado. Y ya no hablo de un complot ni manipulaciones federativas, ni de ninguna de esas cuestiones “oscuras” que salen a relucir en las barras de los bares. Hablo simplemente de una predisposición arbitral a “no cagarla” respecto al equipo con más pasta. Hablo de un pensamiento fugaz que atraviesa la mente de Pérez Montero, que medita: “prefiero equivocarme hacia los de celeste, o me harán la vida imposible”. Incluso, quizá, llegar a poner su trabajo en peligro. Porque los árbitros son personas, y bajo la presión mediática y estatal que existe con este maldito/bendito (escoja la suya) deporte, pocos son capaces de echar mano a su valentía.

Afirmaba Nolito al término del encuentro: "lo de los árbitros es como pedir a un limonero que te dé magdalenas". Sin involucrarme yo demasiado en la retórica del gaditano, he de decir que en este caso no ha podido estar más acertado con su analogía. Me atrevería a asegurar que el de Sanlúcar va poco a poco interiorizando la retranca galega en su discurso lleno de “arte” andaluz (como ellos suelen decir). Precisamente él, fue el futbolista destacado dentro del torrente futbolístico y ofensivo que tuvieron que sufrir en sus propias carnes los jugadores merengues, que acabaron el partido con seis defensas.

Quizá fue mi admirado “Gato de Catoira” el único que no brilló ante el todopoderoso conjunto blanco. Por una vez, ante un equipo de los de arriba, le temblaron las piernas. No fue así el caso del resto, con apenas una salvedad mencionable: la de una defensa tan envalentonada que, por momentos, se olvidó de defender. Pero me bastan tres líneas para hablar del equipo que todos conocemos y disfrutamos, porque ayer los protagonistas reales fuimos nosotros, los sarcásticos de la grada. La ironía es la primera de las fórmulas utilizadas por Sócrates en su método dialéctico y dado que Sócrates era considerado como el hombre más sabio de Atenas, es fácil entender el porqué de esta ironía.

Los nuestros son tan sabios que ya preparan con pundonor su encuentro frente al Málaga del miércoles en casa. Y lo hacen con la seguridad de los que se saben conocedores de la verdad. De una verdad que sólo los que presenciamos lo sucedido anoche en primera persona recordaremos: vencimos ese partido. No en el resultado, pero sí en todos los demás factores que atañen a este deporte, y que sin ellos no valdría nada. Los que tienen más dinero siempre ganarían a los otros, y punto. Pero no es así; la ilusión, la alegría, las ganas… ahí les pegamos una paliza. Y yo es con lo que me quedo: “largaos de aquí, no quiero volver a veros hasta el año que viene”, les increpé desde mi asiento en Río, sarcástico.

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