El CLUB de Carlos Mouriño

Carlos Mouriño se mostró ayer emocionado ante las cámaras de la televisión oficial del club con toda la razón del mundo. Dio un paso vital que agranda todavía más el legado que dejará cuando abandone la presidencia. La compra del edificio del Mercantil supone, más allá del cambio de sede a una más céntrica y cercana, ampliar el activo del club. Algo vital para un club que quiere seguir creciendo en lo deportivo, en lo económico y en lo social.

Recalcaba el presidente, en ese mensaje institucional tan particular –al que no le vendría mal un apaño de algún asesor de imagen-, que es momento para sentirse orgullosos de ser del Celta. Orgullosos de que los objetivos a todos los niveles se cumplen de manera casi milimétrica.  Y orgullosos, especialmente, de la forma en que éstos se consiguen. La tendencia a deuda cero, algo casi inédito en el fútbol español y al alcance de la mano en los próximos meses, supone la base sobre la que el máximo responsable del club ha construido un proyecto de CLUB. Sí, con mayúsculas. Es la palabra que define lo que Mouriño está tejiendo en esa jaula de oro, como a él le gusta llamarle, de Plaza de España.

La piedra deportiva sigue creciendo de manera exponencial. Tras una salvación milagrosa, el equipo ha sabido asentarse entre los grandes con una idea muy determinada de juego. Luis Enrique y Eduardo Berizzo han moldeado equipos tremendamente similares –con sus matices obvios- que han valido para caminar con firmeza, lejos del descenso y acechando Europa. No angustia el continente. Se alcanzará cuando toque, pero no está de más arrimarse y, si se puede, dar algún susto.

La piedra del estadio, que tantos aficionados piden, ya está en camino. Las obras avanzan al ritmo esperado y el proyecto es cada vez más real. Estético, moderno y, sobre todo, seguro. Amén de la sede, que ya es activo del club, la ciudad deportiva sigue siendo la joya que ansía Mouriño. A Madroa cada vez es menos funcional y parece necesario ampliar miras para darle a la cantera el espacio que necesita, especialmente en un club que intenta cuidar a sus jóvenes.

Con sus detalles, sus errores y con su más que cuestionable política de comunicación, Carlos Mouriño ha conseguido trasladar al celtismo la felicidad que él mismo reconoce que le invade. Esos proyectos que cada vez cobran más realismo se dibujan en forma de sonrisa en los celtistas. Ese estado de optimismo casi continuo es un lujo al alcance de muy pocos. Se refleja en los medios nacionales, que cada vez miran a Vigo de manera diferente. Es el equipo majo “de arriba”, que juegan muy bien y que casi gana al Barcelona. El Rayo del norte. Ese en el que juegan “Agustín” y Nolito, del que casi lo único que saben es que marcó un gol con el Écija al Madrid cuando Cristo perdió su zapatilla. Como cansa esa historieta, eh. En el fondo, saben que no es fácil encontrar a modestos que sean ejemplo en lo económico y en lo deportivo, con el objetivo permanente de crecer y de ser un club. Un CLUB. Ahí, con mayúsculas otra vez. Y es que de ésos, señores, hay muy pocos. 

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